jueves, 13 de noviembre de 2014

Una historia de terror





Salimos de clase formando una fila detrás de la seño. En el patio nos esperan nuestros padres. Después nos va dejando marchar de uno en uno según va reconociendo a aquellos que han venido a buscarnos. Mi papá aún no ha llegado. Desde hace mucho tiempo, como no tiene otra cosa que hacer, es él quien me trae y quien me lleva. Y me encanta. Me gusta sentir su mano grande entre las mías. Me siento bien. Pero él, no sé por qué, últimamente siempre está triste.
—Seño, mi papá está triste —le dije a Nati, la monitora, una mañana.
Me sonrió mientras me ofrecía un vaso de leche caliente.
—No te preocupes. Son cosas de mayores.— Me pasó la mano por la coleta, fijándome bien la goma.
Hace un año que desayuno en el cole. Antes, cuando papá no me podía traer a la escuela porque tenía que salir temprano a trabajar, teníamos más dinero y desayunaba en casa con mamá y era ella quien me traía. Pero ahora ya no. Aunque ahora es mucho mejor. Es divertido desayunar con mis mejores amigos del mundo. Leche caliente y galletas. No hay nada mejor. Daniela, Lorena y Cecilia también desayunan conmigo, aunque ellas toman cuatro galletas más que yo y también zumo de naranjas. Que ellas tengan más galletas me da algo de envidia, pero el zumo no. Mamá dice que no lo necesito, pero es que además no me gusta. Después, aunque aún esté oscuro, salimos a jugar antes de entrar en clase y vamos recibiendo en el patio a todos los que van llegando a la Escuela. Es genial.
A veces mi papá espera detrás de la valla hasta que entro en clase. Y cuando me ve correr y saltar sonríe. Saca la mano del bolsillo y me saluda. Mamá siempre intenta hacerle sonreír. Pero no siempre lo consigue. Hace unos días mi mamá entró en el baño y gritó. Me asuste muchísimo y fui corriendo a ver qué pasaba. Cuando llegué vi que mi padre estaba sentado en el suelo y ella lo abrazaba. Pregunté qué estaba pasando, pero ella dio un portazo y cerró. Después me fije en el murmullo que venía de detrás de la puerta y me pareció oír que lloraban. Yo nunca he visto llorar a mi padre. Los niños como Iván sí lloran pero los mayores no. Sin embargo mi papá sí estaba llorando. Cuando le vi sentado en el suelo sostenía una cuchilla en la mano.
En cambio al día siguiente todo fue maravilloso. Papá en lugar de llevarme al colegio me llevó a una cafetería y me invitó a un vaso de Colacao con magdalenas. Antes preguntó al camarero cuanto costaba todo. Él no quiso tomar nada. Dijo que no le gustaba desayunar fuera de casa. Luego fuimos al parque y me llenó de besos. Y me hizo reír muchísimo. Qué gracioso es mi papá cuando está contento.
Aunque a veces me asusta. Últimamente, cada vez que llega una carta se pone nervioso y siento que va a empezar a gritar y a insultar a todo el mundo. Mi mamá no. Sólo coge las cartas, las lee y las arruga aplastándolas con la mano. Después se encierra en su habitación. Cuando eso ocurre mi casa se llena de silencios y miedos.
—No llores, mamá —le pedí ayer cuando se echó a llorar encima de la cama. Para tranquilizarla me tumbé a su lado.
—Claro, cariño, no va a pasar nada. —Se incorporó y se secó las lágrimas con la manga— Nos vamos a tener que ir de esta casa, ¿sabes? Pero buscaremos otra que nos guste más. ¿Vale? — Sonrió.
—Pero seguiremos viviendo cerca de Daniela, ¿verdad?
Se rió, y su risa me ató a ella como un abrazo.
Mi padre acababa de salir de casa.
Hoy me trajo como todos los días. Me dio un beso y se quedó esperando a que saliera del desayuno. Luego, justo antes de atravesar la puerta me llamó:
—Irene.
—¿Sí, papá? —Me sonrió y levantó la mano como despedida. Yo le mandé un beso.— Hasta luego, papá.
Pero no ha venido a buscarme. Y es raro. Siempre llega el primero. Lo veo desde mi pupitre y eso hace que me sienta bien. Una a una mis compañeras se han ido despidiendo según iban apareciendo sus padres.
—Seño, no ha venido mi papá.
Mi profesora me sujeta de la mano en el patio vacío mientras las sombras van poco a poco desdibujando los perfiles.

(A la PAH)

miércoles, 15 de octubre de 2014

AMOR FRATERNO


Patio del Instituto Ramiro de Maeztu, que tan agridulces recuerdos me trae...



Ramón Valente no sabía qué iba a pasar, pero sí sabía que cuando tuviera que explicar a la policía por qué estaba allí a esa hora y de aquella manera no iba a encontrar ninguna justificación válida. Y sin embargo sí la había. Tenía que ayudar a su hermana pequeña.
Se desnudó en el centro del patio a la hora prevista. Dejó la ropa tirada en el suelo y esperó con las manos delante tapando el sexo. Apenas un par de minutos después aparecieron unas pequeñas cabezas en una ventana. En unos segundos fueron todas las ventanas del aula las que se llenaron de cabezas y un rumor ascendente de mar embravecido. Inmediatamente fue la totalidad de las cristaleras del patio las que estaban hirviendo. Algunas chicas se apoyaron en el alfeizar para gritar obscenidades. Sus comentarios soeces eran celebrados con júbilo por sus compañeras. En una ventana empezó a descender la persiana como si cayera el telón de un escenario, pero sólo consiguió que se incrementara el número de cabezas en las demás.
Por una de las puertas del patio apareció una monja. Era la Directora del Colegio.
—Tápate, sinvergüenza —gritó intentado que se le oyera entre el griterío.
Detrás de ella, otra monja la seguía a la carrera. La Directora se paró.
—¿Dónde va, por Dios, dónde cree que va? ¿Dónde están los niños? —la increpó.
—Pues —dudó mirando las cristaleras del patio repletas de cabezas— en clase.
—Se equivoca, hermana. Están en las ventanas —las señaló con un gesto circular de las manos—. Y quiero que estén en clase. Apartadlas de ahí —continuó andando hacia el joven que tenía frente a ella cuando se detuvo otra vez y se giró hacia la monja que ya se estaba retirando para cumplir las órdenes recibidas—. Y llamad a la policía. Este mocoso no me va a arruinar el último día del curso —se dijo para sí.
Siguió avanzando hacia el centro del patio mientras por otras puertas iba saliendo todo el personal de Secretaría y Biblioteca para contemplar con sus propios ojos qué estaba generando semejante escándalo. Ramón Valente sonrió. Era lo que había estado esperando. Todo el colegio estaba mirando. Recogió su ropa del suelo y sujetándola delante de los genitales empezó a correr en círculos a lo largo del patio. Detrás de él corría como podía la madre Directora, el portero y todo el personal administrativo del centro. Sus quiebros y fintas eran jaleados con gritos de desbordante alegría por todas las alumnas y alguna de las profesoras que no podía reprimir su risa. En ocasiones levantaba las manos en señal de triunfo dejando su desnudez al descubierto bajo una lluvia irrefrenable de aplausos, piropos y olés. Estuvo así algunos minutos. De repente se detuvo. Por la misma puerta por la que había aparecido la directora apareció una chica repetidora del último curso que se adelantó hacia él lentamente.
—Ramón, ¿qué haces?
—No sé —sonrió dubitativo.
—¿Lo conoces? —la interrogó resoplando la Directora.
—Sí. Claro. Es mi hermano.
Hizo una señal a todos para que la dejaran actuar a ella. Avanzó hacia él lentamente y le abrazó. Todo el colegió explotó en un griterío ensordecedor y un aplauso unánime.
—¿Lo has conseguido? —le preguntó al oído antes de que el portero le cogiera del brazo.
—Sí —respondió ella con una sonrisa—. Está hecho.
A continuación, una vez calmadas las aulas, mientras Ramón Valente salía en un coche patrulla hacia la comisaría acompañado por su hermana, la Madre Directora y la Jefa de Estudios se reunían en la Sala de Juntas de Dirección con los tutores de cada uno de los cursos.
—Exijo que esto no vuelva a ocurrir jamás —exclamó indignada mientras se sentaba presidiendo la mesa. Pasaron algunos minutos de silencio absoluto. Luego, poco a poco su rostro se fue relajando. Miró a su alrededor y sonrió—. Anda que menuda ocurrencia. Estos críos. Que Dios me perdone, pero cada día están más locos. Pero, bueno, supongo que no ha pasado nada.
Pronto empezaron a reírse. Y así, entre risas y bromas, firmaron conjuntamente una por una las actas con las notas finales de todos los alumnos que los responsables de la Secretaría fueron poniéndoles sobre la mesa.
En ese mismo instante, en la comisaría, mientras Ramón Valente declaraba ante la mirada divertida de un policía, su hermana, sentada en el descansillo, sonreía con la seguridad de que ese año por fin había aprobado. El colegio había terminado.

viernes, 12 de septiembre de 2014

LEÓN EL AFRICANO -- AMIN MAALOUF


Hoy me han devuelto un libro. Este acontecimiento merece ser comentado de manera que no quede en la memoria en forma de mito o leyenda. Es un hecho cierto, es real: “un compañero con nombre y apellidos me ha devuelto un libro”. Y además no me lo ha devuelto por desinterés (es tan malo que ni lo quiero) sino que ha sido al revés: le ha encantado.
Comentado este hecho procedo a desentrañar de qué obra de arte estoy hablando: “León el africano” del libanés Amin Maalouf.
Os contaré que empecé a leerlo durante una estancia en el extranjero hace más de veinte años. Me habían hablado de él unos meses antes. Busqué una librería que tuviera libros en español (había una en esa ciudad) y allí estaba. Lo compré por eliminación. Sin embargo, a los pocos días de haberlo empezado comprendí que tenía un problema. Sin apenas darme cuenta me había leído la mitad del libro. Era apasionante. Pero no tenía diez mil hojas. Así que decidí frenar el ritmo de la lectura. A esa velocidad iba a terminarlo demasiado pronto y quería alargarlo lo más posible. Como quien decide beber la copa de vino a sorbos más pequeños. En algún momento incluso bastaba mojarse los labios para paladearlo. Pero aún así, se terminó. Después de haberlo leído, llevado por el impulso (me ocurre a menudo) devoré de una sentada todo lo que encontré de ese autor (Samarcanda, Jardines de luz, La roca de Tanios, El primer siglo después de Beatrice, Las cruzadas vistas por los árabes…)
Y al final, años después, la sorpresa: ojeando un libro sobre grandes viajeros descubrí que se trata de un personaje real: un granadino del reino nazarí de Granada (aquel país que poco después dejó de existir al ser conquistado por Castilla).
Como nota final os diré que han pasado 22 años desde que lo compré y hoy, comentando el libro con mi compañero hemos ido recordando pasajes del mismo y, sí, recordaba casi todo. Pocos libros se han asentado tan profundamente en mi memoria. Aunque eso, como casi todo en esto de la literatura, es subjetivo.
Por cierto, en ocasiones lo he visto en ediciones muy, muy, muy baratas (dos y tres euros)

miércoles, 10 de septiembre de 2014

LA MUERTE DE VIRGILIO -- HERMANN BROCH



Si, aprovechando que ha pasado el veranito, lo que se quiere es seguir durmiendo la siesta sin cinturón y con ronquido pleistocénico, recomiendo "La muerte de Virgilio" de Hermann Broch. Una obra maestra que dudo que alguien haya terminado jamás. Bellísimo, mágnífico, grande, poderoso, pero insoportable... Cinco minutos leyendo después de comer garantizan dos horas continuadas de placer primario... Es fantástico. Marcel Proust a su lado es Tarantino... Y si alguien consiguió terminarlo, por favor, que dé un paso al frente, se manifieste y asuma su papel de guía espiritual. En fin, si alguien lo quiere intentar, que no se acobarde. De una manera u otra lo ha de disfrutar. Su tremenda belleza apabulla. Es poesía. Diez millones de versos uno detrás de otro. Yo no pude con él.

EL AÑO DE LA MUERTE DE RICARDO REIS -- JOSÉ SARAMAGO






Terminado "El año de la muerte de Ricardo Reis" de José Saramago. Es un libro, creo que magnífico, en el que el gran Saramago se pasa gran parte de la trama abriendo vías y caminos, posibilidades, que cierra a continuación sin que le tiemble el pulso. El resultado es que deja, eso sí, a los lectores con la sensación de habernos roto la cintura con una finta digna de un atleta. Porque no solo cierra ese camino sino que además la resolución que nos ofrece y el nuevo camino que nos abre no es nada forzado y es sustancialmente mejor que el que instintivamente estábamos esperando. De manera magistral consigue que digamos, claro, lo normal. ¿Cómo no lo había sospechado? Y sin embargo ni por asomo habíamos previsto ese giro.
El final (ya que el título mismo hace que lo estemos esperando) es magnífico y elegante, poético. No deja mal sabor de boca en absoluto, pero no nos permite cerrarlo de golpe. Lentamente cae la última página y tras ella, al comprobar que ya no hay más, la contraportada. Ya ha terminado. Se fue. No hay mucho más que decir. El lector se encoje de hombros y mira hacia la pared. ¿Eso es todo? Y sí, eso es todo. Adios.
Me ha encantado. Además enseña parte de la historia de ese país que está al lado del nuestro y que no conocía, que de alguna manera creo que tenemos olvidado.


Hace unos meses alguien (no recuerdo su nombre) de un grupo de lectura recomendó encarecidamente "la Perla" de Steinbeck. Tanto la defendió que estuvo dispuesta a batirse en duelo al amanecer con quien fuera, a florete, espada, pistola, navaja o, si el rival valía la pena, a bocados. Bien, no pude resistirme a semejante recomendación y compré la obra. La he leído en tres días. Tres viajes de metro en mi caso. Es una novela corta.
Vale, no sé si justifica un duelo a muerte, pero una buena batalla, dialéctica o carnal (bofetadas, puñetazos o mordiscos) sin duda sí lo vale. No ofrece concesiones, ni las da. No alarga los párrafos con descripciones ricas en adjetivos. Ninguna frase es gratuita. Y la acción es ágil, cruel, injusta, odiosa a veces. Las miserias y las grandezas humanas sobre el papel. Ningún personaje parece irreal. Son ciento veintitrés páginas casi perfectas.
En fin, con sus dimensiones, es sin duda, una gran obra. Es como un buen perfume, o tratándose de lo que trata, es, en este caso literalmente, una perla preciosa.
Gracias a quien insistió

jueves, 4 de septiembre de 2014

CIEN TÍTULOS



Ella me entregó una lista con cien títulos.
—No te puedes morir sin haber leído antes estos libros —conocía mi afición enfermiza por la lectura. Durante cincuenta años me había suministrado libros de uno en uno. Me acarició con el corazón gastado y un leve color violeta en los labios—. La lista del amor y el saber absoluto —la llamó—. Pronto tendrás que conseguir los libros por ti mismo, querido.
—¿Qué ocurre? ¿Te encuentras mal, mamá?
—Nada que el tiempo no cure, cariño. No te preocupes.
Falleció poco después en su butaca del salón. Me quedé a su lado en silencio. Pasado un tiempo salí a buscar los libros de la lista. Algunos fue sencillo encontrarlos. Otros, en cambio, tuve que buscarlos en librerías, bibliotecas y almacenes de libros usados. Completé la lista.

CIEN TÍTULOS 1

Junté mi tesoro y lo apilé en pequeños montones. Los metí después en una habitación. A continuación fijé la puerta con goznes metálicos y los cerré con un candado. Regresé al salón y arrojé la llave por la ventana. Entonces me senté a leer junto a mi madre.


CIEN TÍTULOS 2


Cerré después la puerta de casa con llave y la tiré por la ventana. Entonces me senté a leer junto a mi madre.

domingo, 27 de julio de 2014

EVA


"Y el Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles, que eran atrayentes para la vista y apetitosos para comer. Y le dio esta orden: «Puedes comer de todos los árboles que hay en el jardín, exceptuando únicamente el árbol del conocimiento del bien y del mal. De él no deberás comer, porque el día que lo hagas quedarás sujeto a la muerte».
El hombre exclamó: Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Se llamará Mujer, porque ha sido sacada del hombre.
“Al oír la voz del Señor Dios que se paseaba por el jardín, a la hora en que sopla la brisa, se ocultaron de él, entre los árboles del jardín. Pero el Señor Dios llamó al hombre, ¿Dónde estás, Adán? Oí tus pasos por el jardín y tuve miedo porque estaba desnudo. Por eso me escondí. ¿Y quién te dijo que estabas desnudo? ¿Acaso has comido del árbol que yo te prohibí? La mujer que pusiste a mi lado me dio el fruto y yo comí de él.
Entonces expulsó al hombre del jardín de Edén, para que trabajara la tierra de la que había sido sacado. Y dijo al hombre, porque hiciste caso a tu mujer y comiste del árbol que yo te prohibí, maldito sea el suelo por tu culpa. Con fatiga sacarás de él tu alimento todos los días de tu vida. El te producirá cardos y espinas y comerás la hierba del campo. Ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la tierra, de donde fuiste sacado. ¡Porque eres polvo y al polvo volverás! Y dijo a la mujer Multiplicaré los sufrimientos de tus embarazos; darás a luz a tus hijos con dolor. Sentirás atracción por tu marido, y él te dominará."
(El Génesis)


Anochece tras las puertas del Edén. El cielo se oscurece cargado de nubes grises. Y bajo ellas, la nada salpicada de charcos de agua. Un hombre y una mujer se enfrentan desnudos al vacío. Ella así llamada por el hombre, simplemente mujer. Nos resultará extraño sin duda semejante nombre, pero nadie hasta ese instante ha tenido que llamarla salvo él. Y para esos menesteres mujer es tan buen nombre como cualquier otro. Llegaron ante la puerta y se detuvieron. Cierto que sólo sus ojos vieron la desolación de aquel paisaje y nadie puede por tanto describirlo con exactitud, pero no tendría sentido hablar de paraíso perdido si lo que hubiera al otro lado del muro fuera igualmente un vergel repleto de árboles frutales en flor y extensiones inabarcables de campos cultivados capaces de alimentar a toda su futura descendencia sin problemas. Así podemos afirmar que tras el muro no había nada y a la nada van a ser arrojados. Contienen la respiración midiendo el siguiente paso que van a dar. El hombre da un paso adelante. Aseguramos sin temor a error que fue un pequeño paso, apenas medio metro. Esa es la distancia que media entre el Edén y el exilio. Ella, la mujer, le sigue. Y el paso lo dan juntos. Ya están fuera. Inmediatamente después se cierra la puerta con estrépito. Y quizás con un exceso de solemnidad ya que el portazo ha retumbado durante miles de años en los oídos de todos los hombres. Cumpliendo la profecía, nadie lo ha podido olvidar. El hombre contempla entonces su desnudez y sus manos vacías y siente que se acobarda ante la noche. La mujer, a su lado, saca un trozo de pan que había fabricado con sus propias manos y lo comparte con él calmando su miedo. Un trozo de pan frío es la primera cena que pueden disfrutar en su nueva vida.
Mujer, dice el hombre mientras muerde el pico del pan, me parece que va a ser mejor que digamos que la manzana me la diste tu. Ella mira como el sol se esconde poco a poco más allá de las nubes grises. Se cubre los pechos y el vientre con las manos, pero no por pudor como dirán los escribas posteriores ni como lo recogerán los pintores de siglos venideros, sino por frío. Hace frío en este anochecer. Ha llovido y parece que puede volver a llover en cualquier momento. Así, continúa, será más fácil que me den trabajo en cualquier lado. Nadie contrataría jamás a quien ha perdido el paraíso. La mujer calla. Tú tendrás que dedicarte algún tiempo a cuidar de tus hijos. A los primeros los llamaremos Caín y Abel. Pero no desesperes, sé bien que nuestro castigo no será eterno. Algún día vendrá algo más poderoso que él y le arrastrará al olvido. Lo sé, lo he visto. Y él también lo sabe. Ella lo mira un instante y vuelve a mirar hacia el vacío que se extiende ante sus ojos. Y ese día, continúa, olvidarán lo de la manzana. Volverás a trabajar. Trabajarás dieciséis horas al día atada a una cadena de montaje y tus hijos te esperarán en la calle, jugando entre los charcos, a la puerta de una cabaña iluminada con sebo o delante de un piso con la luz cortada por no poder pagarla. Y aún podría el hombre decirle más cosas, podría hablarle de cómo despedirá a sus hijos que parten a la guerra a bordo de maquinas de hierro que viajan por el aire, pero la mujer ya no le escucha. Ya no piensa en ella. Piensa en sus hijos, en sus nietos, en los que vendrán. No me llames mujer, dice. Mis hijos me llamarán Eva. Así quiero que me llames desde ahora. Bien, pues si así lo ha decidido, así la llamaremos en el relato a partir de este momento, Eva. ¿Cómo debo llamarte a ti? Pregunta ella sin dejar de mirar las nubes oscuras que rondan su futuro. El hombre se encoge de hombros. Llámame tú, o si lo prefieres, llámame hombre. Así lo hacen mis primos de Israel: en su lengua se dice Adán. Bien. Así te llamaré. A continuación apoya su espalda en la puerta y se deja caer arrastrándola por la madera hasta el suelo. Mira de nuevo al cielo y se estremece. Su mirada parece preguntar ¿qué más quieres, Dios? Sí, sé que daré la luz a mis hijos con dolor, ya me lo has dicho. Pero además te los llevarás. Uno tras otro me los arrebatarás. ¿Por qué? ¿Qué mal han hecho ellos? ¿Pagarán ellos por la culpa de otros? Por nuestra culpa condenas a nuestros hijos, ¿y tu te llamas Dios? Te los llevarás uno tras otro con una ferocidad insaciable. A uno incluso lo harás Dios, pero sólo para robármelo. Lo nombrarás hijo tuyo y si pudieras negarías hasta mi maternidad. No. Cualquier lector podría pensar que hemos confundido a Eva con María. Pero deben saber que no es así. Eva, en su legítimo derecho por ser la primera ha elevado a universal el hecho mismo de la maternidad. No hay madres en plural, sólo madre. Una madre es en esencia todas las madres. Cualquiera de ellas, en cualquier lugar del mundo y en cualquier época siente lo que todas, individual o colectivamente, sienten o han sentido por sus hijos. El mismo amor, el mismo odio, el mismo miedo. Sólo hay una madre. Y si eso es así, cómo no habrá de aplicársele esa declaración a Eva, la primera, la madre de madres. Incluso casos se han dado de madres de otras especies que han protegido y adoptado a criaturas en un extraordinario ejercicio de expansión de un sentimiento. Así no debe extrañarnos que Eva sienta como María. Que Eva sea hoy, en este instante y para siempre, simplemente María. Y que como tal, sentada en el suelo, bajo la puerta del paraíso, mire con resentimiento a Adán, a su desnudez, mientras come el trozo de pan que ella misma le ha dado. En un rápido movimiento se alza, se lo arranca de las manos y lo arroja al suelo. Protesta Adán, como no podía ser menos, pero no mucho. Sabe lo que ha hecho y conocía las consecuencias. Entre ellas, y quizás sea más penosa que la mortalidad, está el desamparo. Se sienta junto a Eva y la abraza llevando la cabeza hacia atrás, hasta apoyarla contra la puerta. Ella se resiste un momento. ¿Qué otra cosa puede hacer? Él la tranquiliza y le hace callar poniéndole suavemente el dedo en los labios. El cielo sigue esparciendo sombras sobre esos dos cuerpos acurrucados junto a la puerta, sombras que crecen por los rincones. ¿Tan terrible es querer saber? ¿No tenía derecho a querer saber? Pues ahora sé. Y tú también sabes. No te preocupes, Eva, le susurra al oído. Algún día olvidaremos. Algún día le olvidaremos. Vendrán las máquinas y le olvidaremos.
Y nosotros, que sabemos que está en lo cierto, que algún día caerá en el olvido, como ya ocurrió con otros dioses que también castigaron a otros hombres por querer saber, le apoyamos y por eso decidimos que el cielo se abra ahora y por los huecos que surgen entre las nubes se filtre el brillo de una luna pequeña pero suficiente para verse la piel. Alzan la mirada y observan la luz que les llega del espacio. Le olvidaremos y seremos libres. ¿Tu crees? Sí. Seremos libres. Hemos probado la fruta del árbol del conocimiento. Lo he visto. Seremos libres y construiremos un nuevo paraíso y comeremos todas las manzanas y todos los frutos que queramos y fabricaremos una bebida hecha con manzanas. Y bailaremos desnudos bajo la luna. Eva se ríe. ¿Y cómo quieres que bailemos si no es desnudos? También es cierto. Y bajo un cielo ahora totalmente estrellado, sonríen. A continuación Adán estira un poco el pie y con dificultad arrastra hacia sí el trozo de pan. Lo coge al fin con una mano mientras Eva lo raspa con cuidado para quitarle el barro que lo cubre.

miércoles, 18 de junio de 2014

Cuando los instintos salen a pasear



Hoy he ido con Julia a la piscina. Ha sido una gran oportunidad de ver cómo va creciendo la pequeña. Cuando la ves día a día, en un contexto casi cerrado, apenas aprecias las pequeñas variaciones que se van acumulando. De la misma manera que no se aprecia el paso del tiempo en carne propia y sólo lo constatas cuando lo comparas con una imagen del pasado o ves los estragos en cuerpo ajeno. «¡Qué viejo estás, jodío!» «Pues anda que tu.» «¿Yo? ¿Será una broma?» Pues no, no era una broma. Y con Julia pasa igual. Está creciendo. Ya me lo había comentado su madre. Julia se exhibe en la piscina delante de un niño que es un año mayor que ella. Hoy lo he comprobado. Hemos llegado antes de que él apareciera y ella, después del primer baño, se ha dedicado a observar el camino por el que debería aparecer. Y por fin le ha visto. Ha sonreído con una alegría sana y satisfecha. Venía Jorge. Después ha comenzado el festival. Cuando él entraba en el agua ella tenía unas ganas locas de zambullirse. Cuando él salía, ella se cansaba de estar en remojo y volvía a la toalla que, casualmente él había puesto al lado de las nuestras. De hecho he de decir, en virtud de la verdad, que él ha saltado la valla de ladrillos en lugar de entrar por la puerta de la piscina, sólo porque Julia estaba al lado y le estaba mirando. Al ver esos comportamientos he recordado aquellas épocas en las que no me importaba recorrer el camino más largo sólo porque había una remota posibilidad de cruzarme con la chica de mis sueños. Bastaba saludarla con un «Hola, ¿qué tal?» para hacer el resto del camino con una infinita satisfacción en el corazón. Satisfacción exactamente igual e inversa a la desafección que sentía si no se producía ese encuentro o no me atrevía a saludarla. Y me he sonreído. Las hormonas desatadas, el temblor en las rodillas, un cosquilleo en la palma de la mano, la boca seca, cierto ardor en las mejillas. Visto en la distancia no puedes evitar sonreír al pensar cuántas tonterías no habremos hecho por situaciones así. Coger el camino más largo, retrasar el regreso a casa por si se produce un encuentro accidental, pasear por barrios ajenos con la excusa aprendida, «qué casualidad, pasaba por aquí», temblar con el número de teléfono en la mano pensando en qué demonios le voy a decir mientras suena el tono pausado al otro lado. Pensando, «no lo va a coger», deseando «que no conteste, por Dios, que no lo coja». Otras veces, más lanzado, casi suicida, sintiendo que saltaba al vacío desde un acantilado, temí que se interrumpiera el tono. Aunque también hubo veces, acobardado, en que me alegré de que muriera la llamada, agotada de reclamar algo de atención en una casa vacía. En fin, edades en las que se hizo el ridículo una y otra vez. Ridículo entrañable que ahora veo que repiten los que vienen detrás. Y me sonrío y pienso que sí, que fue hermoso tener aquellos treinta y ocho años.

Una sombra en la cortina



—¿Cuánto hace que no nos vemos?
—Desde la Universidad.
—Más de veinticinco años. Es increíble.
—Casi treinta, más bien. Pasa rápido el tiempo.
Las sombras se reflejaban en las paredes del Café Esmeralda con la definición perfecta de una cámara fotográfica. Hacía más de dos horas que Manuel había cerrado el Café. Volcados sobre la mesa, los dos hombres gesticulaban con el cansancio de la noche mientras en la calle los semáforos seguían con su servicio, aunque hacía tiempo que ningún coche cruzaba por la avenida. El rojo, el ámbar y el verde se filtraban como un código sin sentido a través de las letras góticas escritas en la luna del Café.
—Sí. Sí pasa rápido. A veces sientes que todo va bien y, de pronto, un día cualquiera te levantas y, así, de repente, sin que nada te permita prepararte, todo hace que tengas la impresión de haber perdido el tiempo, de haber estado perdiendo el tiempo toda esta estúpida vida. ¿No te ha ocurrido a ti nunca? ¿Nunca has sentido algo así?
—A todos nos ocurre eso en algún momento, Antonio. Nos hacemos viejos. Mírate ahora, casi tenemos cincuenta. Ya estamos viejos.
—Viejos, sí, pero además derrotados y, sobre todo, solos, Manuel. Derrotados y solos. Mira —extendió los brazos abarcando el espacio que les rodeaba y sonrió—, solos. Por no haber no hay ni mujeres
Manuel sonrió. Antonio se recostó sobre el respaldo de la silla. Levantó la vista hacia el techo. Su voz resonaba tan fuerte por el Café vacío que instintivamente bajó el tono hasta convertirlo casi en un susurro.
Sí. Ni una mujer. Como si alguna vez hubiera sido fácil para mí, ¿eh, Manuel? En cambio tu... Te recuerdo, te recuerdo como recuerdo ahora a mi vecina, la chica del tercero con la que sólo salí una noche. Llevaba minifalda y unas piernas largas y curvadas como un paréntesis. Y sólo fue una noche. Unas cervezas de conversación forzada y aburrida y un cine. Y, después de ver a unos actores que se besaban en la pantalla, decidió que quería entrar en un prostíbulo. Para saber cómo es eso, decía. Cómo es por dentro. Y sé que sólo era un juego. Y yo, no sé por qué, sujetándome de repente los pantalones y el orgullo, de eso nada, niña, que seguro que acabo con la cara partida. Y ella se reía. No sé por qué recuerdo eso ahora, Manuel, pero eres tú el que me lo recuerdas. Y el portero del garito también se reía. En vano intentaba arrastrarla de los brazos. No, que no, he dicho, protestaba ella. Sombras y luces rojas sin brillo. El portero sonreía. Mientras consuma, pague y no arme jaleo, puede pasar. A lo mejor le gusta a alguna. Y sus dientes brillaron por primera vez cuando abrió la puerta. Ella se metió de cabeza en la oscuridad de sombras violetas y azules y al fondo una barra y tras ella el bigote de un hombre aburrido. Y yo, asustado. Venga, hombre, no seas cobarde, se rió. Tú eres tonta, niña. Yo me voy. Pues yo me quedo. Y el portero que sonríe por segunda vez. Pasa guapa, que aquí tienes diversión asegurada. Y ella entró y él detrás de ella, cerrando la puerta. La siguiente vez que la vi llevaba gafas oscuras en el ascensor y apenas respondió a mi saludo con un gesto. Luego te lo conté, ¿recuerdas, Manuel? Te lo conté y dijiste, dejando el bolígrafo sobre el cuaderno, es puta. Esa chica es puta. Aunque no ejerciera, siempre lo ha sido, te lo digo yo. Y yo, bajando la voz y la mirada, no sé, joder, pero me gusta. Y tú, bueno, ¿y te la has tirado? Pues no. Ya, y dónde fue, ¿cuál es el nombre del local? Y yo, la Luna Roja. Y desapareces en mitad de la clase. La tarde sigue cayendo con lecciones de derecho administrativo. Y al final, tus libros sobre el pupitre. Esa noche llamas por teléfono. Lo dicho, dices, es puta. Ahora se llama Mari Fe y como puta es un ángel. Te he ganado, chaval. Por cierto, ¿me has guardado los libros? Y yo, con cara de idiota, sí, mañana te los llevo a clase. Y, mientras intento sonreír, contesto con desgana, bueno, pues me debes un favor. ¿Qué tal si te subvencionas una copa?
Manuel, casi treinta años después levantó su vaso y lo terminó de un trago.
—Hecho. Tú dirás lo que quieras, Antonio —dijo mientras se levantaba—, pero si ahora estamos solos es porque queremos. Y por mucho tiempo. Estoy hasta los huevos de tanta zorra. Voy por otra copa. ¿Te traigo una de lo mismo?
Antonio bajó la mirada del techo y la clavó en los ojos azules de Manuel, le vio girar y acercarse a la barra andando como un niño pequeño. Seguía hablando mientras cogía los vasos y los llenaba de hielo. Estamos solos porque queremos, se repitió en la cabeza. Entonces, ¿por qué estamos aquí, solos y borrachos en un café cerrado y oscuro? Bebió un trago profundo de la copa. Luego su mirada se perdió en la calle desnuda. No se veía movimiento alguno. Recorrió la Avenida de un extremo a otro, ascendió por la Cuesta de los Carruajes, torció en la segunda manzana hacia la izquierda, entrando en la calle de las Margaritas, cruzó por delante del colegio de las Josefinas, y desembocó justo delante de la casa de Mercedes. La luz estaba encendida, pero no se atrevió a llamar, se contentó con observar la ventana iluminada e imaginar las sombras que cruzaban por delante de las cortinas. Así estuvo, apoyado en la pared de la casa de enfrente hasta que volvió Manuel con las dos copas.
—Aquí están, dos whiskys a cuenta de la casa.
Antonio se echó hacia atrás dejando espacio en la mesa para los dos vasos.
—Gracias —bebió un trago corto—. ¿Qué tal va el negocio?
—Va tirando. No da para mucho. Ningún negocio que no te haga rico vale la pena, aunque por lo menos tengo trabajo.
—Ya.
—Pero, bueno, la verdad es que estoy cansado. Si no fuera porque estoy pillado con la hipoteca, lo mandaba a hacer gárgaras, pero, en fin, ¿qué te voy a contar?
Sí, Manuel, ¿qué me vas a contar? No te lo voy a contar yo. Te contaré que cuando volvía a casa después de una borrachera más pagada a mi costa, pagada con el dinero que había ganado trabajando durante el verano, que cuando volvía dando tumbos, mi padre, inválido de mi madre y viudo, con la bata de cuadros atada por la cintura, sentado en el salón, preguntaba, ¿dónde has estado? Y yo, sujetándome la mandíbula de la risa, con unos amigos, con Manuel, padre. Y mi padre, es tarde. No deberías estar hasta tan tarde. Y luego, levantándose del sillón, buen chico ese Manuel. Tienes suerte de tener un amigo como Manuel. Y yo, notando un vacío en el estómago, pasaba a sujetarme las tripas para evitar lo inevitable, corría por el pasillo. Y él seguía mis pasos. Y la arcada que vuelve, los ojos parece que van a saltar de sus órbitas, y él a lo suyo. Buen chico ese Manuel. Y el whisky con bilis quema mis entrañas y el paladar. Y mi padre, apoyado en el quicio de la puerta, no debes beber, hijo, no eres fuerte. Y yo, escupiendo en el retrete, gracias, padre, ya lo sé. No eres fuerte, hijo. Debes cuidarte. Ya lo sé, padre. Si tu madre viviera no le gustaría verte así. Ya lo sé, padre. Y deberías estudiar más. Y yo, desmayado sobre el retrete, ya lo sé, padre. Seguro que Manuel se ha ido antes que tú, ¿a que sí?. Y yo, esta vez te equivocas, padre. Pero, ¿sabes lo que pienso?, me giro lo suficiente para verle de perfil mientras escupo sudor y asco, que es una lástima que la que muriera en aquel accidente fuera la madre y no tú. Y mi padre, en su invalidez emocional, me mira sorprendido y empieza una bofetada que no termina, que deja a medias, suspendida sobre mi cabeza. Sí, hijo, yo también pienso igual. Y se vuelve caminando lentamente, con la bata de cuadros atada por la cintura, arrastrando las zapatillas por el pasillo, hasta su habitación. Y yo me quedo con mis vómitos y mi asco con sabor a alcohol y bilis en la memoria. Intento tragar, pero la saliva es espesa y pasa con dificultad por la garganta. Cerré los ojos. Necesitaba un cigarrillo.
—¿Tienes un cigarrillo?
—Sí, toma. Durante un tiempo estuve intentando dejarlo.
—Supongo que todo el mundo lo intenta alguna vez. Yo ya me he rendido.
—¿Hay algo ante lo que no te hayas rendido?
Antonio sonrió. Nada había cambiado. Ante él volvía a tener al gran competidor de siempre. De nuevo recordó a Mercedes.
—¿Y tú?
—Ya me conoces. Yo no me rindo. Me ganan, eso es todo.
Rieron. De repente Antonio se dio cuenta de que era la primera vez que reían en toda la noche.
—Eres un fantasma.
—No creas, es algo importante. Es una actitud. Mi padre me enseñó que se puede ganar o perder, pero se debe pelear.
—Un sabio, tu padre.
Manuel miró de reojo.
—Pues sí señor, no tenía estudios y era un pobre diablo, pero sabía todo lo que hay que saber sobre el sacrificio. Ni tú ni yo llegaremos jamás a la altura de sus zapatos.
—Venga, hombre, es una broma. Vamos a hablar de otra cosa, ¿qué sabes de Mercedes?
A Manuel le cambió la cara justo cuando mojaba la garganta con el amargo sabor del Whisky. Apretó la mandíbula.
—No sé nada de ella desde hace tiempo. Ni sé ni quiero saber.
Manuel bajó la cabeza mirando la profundidad inmensa de su vaso. Los hielos flotaban como icebergs de laboratorio. El silencio invadió aquellas dos sombras que parecían jugar una partida de ajedrez en la pared. Manuel levantó entonces la mirada y quiso sonreír. Antonio perfiló una mueca de satisfacción en sus ojos.
—Lo siento. No debería haberlo preguntado. Pensé que ya estaba superado. Lo siento.
—¿Sí? No me digas. Bueno, da igual.
La calle seguía dormida. Sin embargo, ya casi eran las seis. La hora en que se abre el metro y todo parece despertar de su letargo. Nueva vida fluye por esas venas de hormigón, gente que entra y sale de los vagones con cada bocanada de aire, como contracciones de un enorme pulmón artificial. Pero entonces la ciudad aún dormía.
—Ha sido una pregunta estúpida.
—Un poco, la verdad. Cualquiera diría que te gusta hurgar en la herida.
¿Que me gusta hurgar en la herida? Mercedes. Yo te conté que esa chica me gustaba. Te conté, bajando la mirada, que voy a por ella. Y tú, sonriendo, pues hay un problema. Ya la he llamado y he quedado con ella para esta tarde. Y yo, con la boca abierta, ¿cómo que has quedado con ella? Encendiste un cigarrillo y miraste las escaleras de la facultad. Sí. La llamé anoche. ¿Pero cuándo has conseguido su teléfono? Me lo dio el otro día, mientras estabas en el baño. Y sonreías. Joder, cómo sonreías. Pero no te preocupes, si quieres quedamos los tres mañana por la tarde. Y, riendo su ocurrencia, esta noche puedes ir a visitar a tu amiga Mari Fe. Y yo, vete a la mierda. Te encogiste de hombros. Joder, ¿qué culpa tengo yo? No me habías dicho nada. Y yo, sentado en el césped de la facultad, no, no te había dicho nada. Si me lo hubieras dicho, te juro que no habría quedado con ella. Y yo, ya lo sé. Supongo. Pues nada, pasadlo bien. Me levanté. Y, en efecto, fui a ver a Mari Fe. Y no, no era ningún ángel. Sólo era una puta de dos mil pesetas.
Los segundos golpeaban el silencio con la violencia del martillo contra el yunque. Antonio miró de nuevo hacia la calle. Sintió que le fluía la sangre a la cabeza. ¿Que si me gusta hurgar en la herida?
—Mira, tío, yo no sé nada de lo que os ha podido pasar. Ni lo sé ni me importa.
Le habría gustado no estar tan borracho. Notaba una extraña pesadez sobre la cabeza que le hacía muy difícil razonar con lucidez. Se veía a sí mismo y le resultaba ridículo. Echado sobre el respaldo de una silla, las piernas estiradas. Le parecía ofensivo buscar una justificación para una pregunta estúpida sabiendo que si se hubiera producido al revés jamás habría oído una palabra de disculpa. ¡Ay!, si pudiera ir a mi casa, pensó. Si no estuviera tan lejos. Si no estuviera tan cansado. Miró a Manuel y sólo pudo ver a un desconocido. Manuel, pobre Manuel, pobre imbécil, amigo mío, el tesoro que has tirado por la borda. Has acariciado el cielo con tus manos y lo has dejado escapar. No tenías razón, padre. Por una vez no tenías razón. Con Manuel te equivocaste. Confía en él, decías, y te equivocaste. Y yo, sujetando las tripas y la frente en el retrete, con las idas y venidas del vómito, que sí, padre, que me dejes en paz. Sí, de acuerdo, yo también me equivoqué. Pero, ¿y quién no se equivoca? Estoy cansado. ¿Y qué estará haciendo Mercedes? ¿Qué hago aquí?
—Mira, Manolo, estoy cansado. Creo que me voy a ir a casa.
Manuel seguía con la mirada perdida en el fondo del vaso, observándolo como si fuera un espejo. Doblado sobre la mesa, parecía a punto de quebrarse, de derramarse sobre ella. De repente, con un gesto levantó la cabeza, bebió un trago y extrajo un cigarrillo del paquete.
—¿Quieres saber por qué abandoné a Mercedes?
—No me interesa, la verdad.
Manuel sonrió y encendió el cigarrillo. Por la calle apareció un hombre cubierto con un abrigo gris hasta las orejas y una bufanda de color beige. Caminaba con las manos en los bolsillos y el cuerpo ligeramente inclinado hacia delante. Amanecía. Antonio se levantó y buscó el abrigo con la mirada.
—Dices que no te interesa, pero te mata la curiosidad.
—No dices más que tonterías.
Antonio alcanzó el abrigo que estaba sobre las sillas, justo detrás de Manuel.
—¿Te habría gustado ser su amante? —le cogió por el brazo con fuerza.
—¿Qué?
—Nada. Sólo pregunto que si te hubiese gustado ser su amante. ¿Te habría gustado estar con ella, verdad?
¿Que si me hubiera gustado estar con ella? Hace treinta años habría dado mi vida por estar con ella. Y ella sonreía cuando la miraba a los ojos. Y yo, bajando la mirada, ¿qué tal te va? Ella sonreía y yo me perdía en sus sonrisas, y en su pelo. ¿Por qué nunca me llamaste? Y yo, con una duda, ¿y Manuel? Y ella, bien, muy bien. Pero hay veces en que pienso y quién sabe. Yo esperé que llamaras tú. Y me sonríe de nuevo. Y yo, odiando todo, odiándome. Pero él te llamó aquella tarde. ¿Te llamó, verdad? Mercedes me miró extrañada. No sé de qué tarde hablas. Él me llamó un mes después de conocernos. Pero yo te esperaba a ti. Pensé que serías tu, pero no, fue Manuel. Y yo, te equivocaste, padre, te equivocaste. Nos equivocamos todos. Y ella, levantándose porque al fondo del pasillo de la facultad apareces tú, me sonríe por última vez. Te espera de pie y te besa en los labios. Y yo, no lo pienses más, Antonio. No lo pienses. Ya está hecho. No todo el mundo puede presumir de tener un amigo como tú. Y yo, odiando todo. Odiándome más. Odiándola a ella también, casi más que a ti. Me levanto y me voy, acaricio fugazmente su mano un instante y me voy en dirección contraria. Y tú, alzando la voz, me llamas por el pasillo.
—Incluso es posible que pienses que si yo no hubiese estado habría podido irse contigo, ¿verdad? ¿Verdad que sí?
—Suéltame. Estás loco, chaval.
—No lo bastante. Siéntate. Te voy a contar la historia, la verdadera historia de tu querida Mercedes. ¿Sabes? Mercedes ya no es aquella chica con la que te gustaba desayunar en la Facultad. ¡Siéntate, cojones!
Le dio un tirón al abrigo hacia abajo. Antonio apartó bruscamente el brazo.
—Te he dicho que me sueltes. Ábreme la puerta.
Manuel sonreía en una mueca. Se recostó sobre el respaldo y respiró profundamente. De repente desapareció la sonrisa de sus labios. Se apoyó en la mesa hacia adelante, rozando el vaso con el codo. El vaso cayó, rodó por la madera lentamente, dibujando una curva, hasta que se estrelló en el suelo. El whisky se esparcía por la mesa como una nube, empapando el tabaco y el jersey. Pero Manuel sólo le miraba a él.
—No te voy a abrir. Tengo que contarte, quiero contarte algo, así que escucha —y añadió, conciliador—. Y siéntate, hombre.
—No me da la gana.
—Escucha de todas formas. Después de que te la gané por la mano no todo fueron alegrías, ¿sabes? No teníamos un duro cuando nos fuimos a vivir juntos. Todo parecía muy bonito, muy romántico y todo eso, pero era una mierda. Aunque, eso sí, pese a todo, nos queríamos, ¿comprendes?
—Ya.
—Se juntó todo. La casa se hundía. Gastábamos más de lo que ganábamos y eso que apenas gastábamos un duro. Era la leche. No salíamos porque no teníamos dinero. Todos los días encerrados. Y luego llegó la hipoteca. Ella quería una casa. ¿Qué quieres? ¿Una casa? Pues no te preocupes, bonita, compraremos una casa. Aunque bien sabía yo que no había de dónde pagarla. Buscábamos trabajo como desesperados. No te puedes imaginar las cosas que hemos llegado a hacer. Repartir propaganda, cuidar niños, sacar los cubos de basura. Luego, para arreglarlo, un día me soltó que se había quedado embarazada. ¿Te has parado a pensar cuánto cuesta un crío? Era imposible. Tuvimos que abortar y la terminamos de joder. Es jodido ser pobre, ¿sabes? Ella salió con una infección. Nada serio, pero salió mal y deprimida. Y yo, que cada vez que la miraba me deprimía un poco más. Sus manos, sus caricias, todo era una mierda.
—Ya.
—Y para colmo, la muy puta se lió con un mierda. Con un mamarracho de la oficina. Se largó con él. Me abandonó. A mí y luego al otro pobre diablo... Y luego a los demás.
—Está bien. Lo siento, lo siento mucho, pero es tarde y me voy. Ya vale. Ahora, ¿haces el favor de abrirme la puerta?
—¡No! Aún no he terminado. ¿Querías saber qué ha sido de Mercedes? Pues aún queda mucho más...
—Ábreme la puerta.
—¡He dicho que aún no he terminado!
—No te lo volveré a repetir. Ábreme la puerta.
—¿Y qué harás, eh? Anda, cuéntame, ¿qué harás?
Antonio le escuchaba como un vago rumor. Apenas le entendía. Sólo deseaba salir de allí. Miró hacia el exterior y vio que la luz del día iba, poco a poco, inundando las calles y que sus sombras en el interior se estaban difuminando en la pared. De nuevo miró a Manuel y le pareció un extraño. Aquel hombre no significaba nada, aquellas palabras no significaban nada. Dirigió una mirada hacia la luna del Café Esmeralda. El nombre se podía leer al revés en las letras góticas de color verde. Tras el cristal los coches empezaban a circular al ritmo sordo de los semáforos. Se levantó, cogió una silla, la alzó por encima de su cabeza y la lanzó con todas sus fuerzas. El mundo se resquebrajó en el estallido de los cristales chocando contra el suelo en una inmensa cascada. Manuel pareció salir de un sueño al oír el estruendo.
—¡Estás loco! ¡Mi Café!
—¡Vete a la mierda!
Antonio ya estaba en la calle y corría hacia el frescor de la mañana. No se giró a mirar la figura de Manuel que gritaba desde la acera llevándose las manos a la cabeza. Le parecía imposible que hubiera pasado la noche entera encerrado allí. Ya no importaba. Corría sin detenerse en los semáforos en verde. No distinguió las miradas de indiferencia de aquéllos que, cargados de sueño y frío, iban al trabajo. Sin apenas darse cuenta, recorrió la avenida de un extremo a otro, ascendió por la Cuesta de los Carruajes, torció luego como un robot en la calle de Las Margaritas y desembocó en la casa de Mercedes. La luz estaba encendida. Se detuvo a observar la ventana iluminada. Una sombra cruzó por delante de las cortinas. La luz de las farolas se apagó. No había nubes en el cielo. Hoy va a hacer un buen día, pensó y, de repente, sintió enormes deseos de desayunar un café con leche y tostadas.

sábado, 14 de junio de 2014

Historia compartida. Parte VIII por Fernando Sanz

Hace un par de días en la página del taller me enteré de que había en marcha una historia compartida en 10 partes. Me pareció que podía ser un ejercicio muy interesante. Pregunté, me informaron, me ofrecí, me aceptaron. Y de todo eso ha salido esto que ahora os muestro. En fin, espero que os guste.

Anteriormente en "Historia compartida":

http://soymoriapuch.wordpress.com/2014/05/17/historia-compartida-parte-1-por-moria-puch/

http://astarteh.wordpress.com/2014/05/16/21/

http://ladesdichadesersalmon.wordpress.com/2014/05/18/historia-compartida-parte-3-por-aurora-losa/

http://ladesdichadesersalmon.wordpress.com/2014/05/21/historia-compartida-i-parte-iv-por-sebas-cano-2/

http://primeranaturaleza.blogspot.com.ar/2014/05/historia-compartida-parte-v-por-denise.html#comment-form

http://beyond-kag.blogspot.mx/

http://cuentoshistoriasyotraslocuras.wordpress.com/2014/06/08/historia-compartida-parte-7/


Gino corrió tras ellos mientras pudo.
–¡Gian! –gritó–. Resiste, hermano. Voy a por ti. ¡Gian!
Corrió dejándose la vida a cada paso. Un par de veces se detuvo y buscó a ciegas algunos cantos en el suelo para lanzárselos a la bestia con la esperanza de darle en la cabeza y hacer que se detuviera, aunque fuera para atacarle a él. Siempre había tenido buena puntería pero disparar a ciegas y hacerlo además contra algo que se movía a semejante velocidad era algo casi imposible. Inmediatamente después de tirar la piedra tornaba a correr. A correr con todas sus fuerzas aunque sintiera que su pecho fuera a estallar o las piernas fueran a dejar de responder de un momento a otro, aunque le doliera cada paso que daba. Pero aún así no conseguía evitar perder terreno. La bestia avanzaba a una velocidad mucho mayor que la suya, pese a cargar con el peso muerto de Gian. Al fin se sentó agotado en el suelo. Desesperado se cubrió la cara con las manos, se abrazó a la tierra y se revolcó arrojándose polvo sobre su cara y su cabeza. De repente, como un animal que olfateara una presa, se detuvo, se quedó parado y levantó la cabeza. Se puso en pie de nuevo. Con paso firme regresó a la casa. Sabía dónde debía ir si quería liberar a su hermano. Sabía dónde debía ir y cómo acabar con la bestia. En cuanto entró en la casa buscó en la cocina el cuchillo que su madre usaba para degollar las gallinas y los conejos. Pequeño y muy bien afilado. Buscó a continuación uno de los palos que usaban para varear las almendras de las ramas más altas en la época de la cosecha. Con cuidado ató el cuchillo a la punta hasta que quedó perfectamente ensamblado. Después se guardó en el cinturón el cuchillo grande que usaban para cortar las hogazas de pan.
–Madre –gritó a la noche desde la puerta por si la noche le contestaba, pero ésta calló –. Hermanos, os necesito, por favor –suplicó, pero la voz se perdió entre las siluetas de los árboles del camino que se recortaban en la oscuridad contra las estrellas –. Por favor, salid ya. Donde quiera que estéis, ayudadnos.
No esperó respuesta. Con cuidado ató un trozo de tela de saco en un palo y lo impregnó en aceite. Después lo introdujo en el barril de petróleo que usaban para el candil por las noches. Encendió a continuación un puñado de leña menuda en la chimenea que utilizaban para calentarse en invierno. Arrimó al fuego la tea para que prendiera. Vertió el resto del petróleo y lo mezcló con aceite en una vasija que taponó con fuerza con una tela y el corcho. Se la ató con cuidado a la espalda, cogió la antorcha, el palo con el cuchillo y salió al camino.
–Resiste, Gian –gritó al abandonar la casa y emprender el camino.
Andaba veloz, como si volara por encima del polvo nocturno. Las sandalias de cuero con la punta de esparto le protegían los dedos contra las piedras. La luz de la tea dibujaba figuras caprichosas en las piedras y guijarros. Los alargaba y agrandaba. Bailaban sus sombras con el viento y la carrera que movía la llama. Llevaba varios minutos andando iluminado por la luz de la antorcha cuando se volvió a contemplar la casa. Pero nada indicaba que sus hermanos o su madre hubieran aparecido. Ningún resplandor, por leve que fuera, se veía en la mancha oscura en la que debía estar la casa. Apretó fuerte el palo y retomó el camino. Al final sabía que encontraría el inconfundible olor de la carroña, los restos ácidos de la vaca, los cuervos ahítos como cerdos dormidos en las ramas. El olor de la sangre putrefacta y coagulada. Si se habían entretenido en colgar en el bosque a sus presas, en el bosque debía estar su refugio.
El camino serpenteaba con las ondulaciones del terreno y la luz de la antorcha se dibujaba en la oscuridad como un círculo de fuego, a veces rojizo a veces azulado, que tan pronto estaba arriba, rozando las estrellas, como se sumergía en la tierra hasta desaparecer dejando sólo un áurea que se intuía oculto hasta volver a aparecer como un círculo de fuego al subir el siguiente alto. Entonces Gino pisó el suelo húmedo de la sangre de vaca, pastosa y fría bajo la capa reseca de la superficie. Se detuvo e iluminó el suelo con la antorcha. Después la levantó y miró lo que tenía delante. Ante él algunos perros carroñeros habían bajado al valle desde la montaña y le observaban en silencio con el cuerpo en tensión, dispuestos a defender su presa. Sus ojos brillaban a la luz del fuego como tizones. Alguno enseñó sus dientes, pero no ladraron. Parecía que no quisieran descubrir su presencia. Gino apuntó el palo hacia ellos y movió la antorcha dibujando un círculo. No le habían rodeado. Estaban sólo frente a él. Dio un paso hacia atrás y lentamente fue retrocediendo. Los perros no se movieron. En cuanto se alejó volvieron a seguir con su tarea silenciosa de acabar con los restos de la vaca. Gino dio un amplio rodeo dejando a la vaca y a los perros a su derecha entre sombras y siguió acercándose al bosque que se dibujaba al contraluz. Antes de darse cuenta se encontró iluminando cadáveres colgantes como sonajeros rígidos. El viento los mecía con suavidad de aquí para allá, se rozaban, casi podría decirse que se acariciaban, que besaban sus cuerpos sin cabeza y sin labios, pero no sonaban, no hacían ruido. Algunos parecían gigantescos nidos colonizados por todo tipo de insectos. Entonces los vio.
–Maldición –exclamó en voz baja.
Ante él, en un profundo vado que descendía algunos metros más allá, semioculta entre los árboles, la bestia se removía lentamente. A su alrededor cientos de flores desconocidas que parecían de cristal reflejaban la lejana luz de las estrellas y la convertían en cambiantes destellos de colores mientras pequeños pájaros luminiscentes volaban de rama a rama persiguiéndolos. Se acercó sigilosamente. Desde allí pudo ver como la bestia lamía la cara de Gian. Le pasaba las manos como sarmientos con sus enormes uñas por la cabeza, acariciando lo que le quedaba de pelo. Le susurraba algo parecido a una canción imposible de entender. Gian emitía dolorosos y silenciosos quejidos. Gino dejó la antorcha en el suelo para que su luz no llamara la atención. Después le tocó el turno al palo. Lo dejó en el suelo y se quitó la vasija con petróleo de la espalda. Volvió a armarse con el palo en una mano y el cuchillo del pan en la otra y se acercó aún más dando un rodeo hasta colocarse detrás de ella. A continuación avanzó. La bestia acunaba a Gian entre sus largos brazos y le balanceaba como siempre le había visto hacer a su madre. Ya estaba a la distancia suficiente para arrojarle la lanza. Sabía que con eso no la mataría. Pero tendría que soltar a su presa. A su hermano. Luego quizás tuviera una oportunidad con el petróleo. Levantó el brazo. Entonces algo de lo que la bestia cantaba le llamó la atención. No era posible entenderlo. Ni siquiera era un idioma. Ni siquiera eran palabras. No pasaban de gruñidos. Pero había algo familiar. Algo conocido. Entonces se estremeció. No era posible, pero evidentemente lo era. Gian levantó la cabeza con los ojos cerrados y echó los brazos al cuello de la bestia. Era su música. Era la música que siempre les cantaba su madre para dormir.
–Mamá –susurró Gian con una voz deforme y deformada.
Abrazada a la bestia abrió lo ojos y se quedó quieto, mirando a Gino, en silencio. La bestia se dio cuenta de que algo había a sus espaldas. Soltó a Gian y se giró a gran velocidad. De su boca salió un terrible gruñido enseñando unos colmillos amenazadores. Pero no se movió. Gino tampoco. Dejó caer la lanza.
–Madre, ¿eres tu?

viernes, 2 de mayo de 2014

Algo extraño estaba sucediendo


La manifestación hacía rato que había empezado. La policía como tantas otras veces ya había cargado en algunos tramos. Eran pequeñas escaramuzas. Pero había algo en esta ocasión que lo hacía especial. Una sensación, una intuición. La disposición de los agentes fue la habitual, cerrando callejuelas y protegiendo centros financieros y ciudadanos de la acción de los más radicales. Los enfrentamientos se fueron sucedieron según un guión que empezaba a resultar rutinario. Unos exaltados encapuchados lanzan objetos a las fuerzas de seguridad a destiempo y la policía responde. Que parte de esos exaltados cambien de bando pocos minutos después y detengan a alguno de los que les siguieron en el ejercicio de arrojar piedras tampoco tenía nada de novedoso. Forma parte de la rutina de las protestas. Es una parte del circo. Cualquier observador neutral lo apreciará como tal. Para unos serán los domadores disfrazados de fieras, para otros serán las fieras disfrazadas de corderos. Sin embargo había algo en el aire que nos decía que la liturgia se estaba rompiendo. Quizás fuera que las pelotas de goma salían con mayor rabia de sus bocachas de fuego, quizás fuera que las piedras que arrojaban los manifestantes iban cargadas con frustraciones, desamparo y, por qué no, aburrimiento. Sabido es que tras un despido, pasado un período prudencial de descanso que algunos llaman por error vacaciones, el desempleo genera un profundo hastío vital.
La vecina del tercero primera lo notó también. Cogió la mano de su esposo y le susurró inquieta, vámonos a casa. Retrasó el marido la salida mientras se despedía de uno de sus antiguos alumnos del instituto. Así que estás en la universidad. Me alegro. Estudiando derecho. Muy bien. No se te ocurra dejarlo. Y quítate ese pendiente, sonrió. El vecino del segundo primera, a doscientos metros de aquella escena, perdido entre le gentío, también presintió algo extraño a su alrededor. Quiso coger la mano de la muchacha de la bandera roja que estaba gritando puño en alto a su lado y decirle, vámonos a casa, pero no lo hizo. No la conocía de nada. Así, se guardó sus palabras en el bolsillo y se alejó solo de los tumultos que parecían ir generándose con una violencia hasta ese momento desconocida. Desde el servicio de megafonía se llamaba una y otra vez a la calma. No debemos caer en provocaciones, repetía una y otra vez. Esta es una manifestación pacífica. En ese momento la muchacha de la bandera roja miró a derecha e izquierda buscando algo. Se sintió extraña. Algo le faltaba. Un conocido de la universidad interrumpió sus meditaciones. Ella no pudo saber que lo que echaba de menos era a ese hombre que había estado caminando a su lado durante las últimas dos horas y que un par de veces la había sonreído tímidamente. Su presencia tranquila le transmitía seguridad. Una seguridad adulta que de repente había desaparecido. Pero ella no lo sabía. No lo podía saber. Solo era una intuición. Y la intuición se perdió entre los gritos, los petardos y los pelotazos. El muchacho de la universidad con pendiente sonreía al haber conseguido acercarse a la muchacha a la que conocía de las asambleas de la Facultad de Derecho. Había conseguido cruzar un par de frases con ella. Parecía inmune a la ansiedad que se paseaba sobre las masas. Ya se sabe que hay una edad en que sólo la posibilidad de un beso es capaz de generar la mayor de las tensiones. El valor a un soldado se le supone, pero también a un pretendiente. Y si hay que demostrarlo, se demuestra. Vamos a por esos hijos de puta, gritó y la cogió del brazo para avanzar hacia donde se estaban generando choques entre agentes y manifestantes. Espera, se negó ella, más sensata, mejor nos quedamos por aquí. Estoy con mi agrupación. El muchacho asintió. Intuimos que se alegró. Una vez demostrado su valor, no es necesario ponerlo a prueba. Guardémoslo mejor para otra ocasión.
El vecino del segundo segunda, como siempre, recibió la orden de sus superiores de resistir. Y como siempre la obedeció sin contemplaciones. Estaba preparado para hacerlo. La opinión que le merecieran se la guardaba para después en la cocina, sentado con su mujer. Lo mismo que las opiniones que le merecieran algunos de sus compañeros. Que en todas las profesiones es igual: un compañero es un compañero siempre, pero sólo hasta que abrimos la puerta de casa. Y ahí tú no entras porque no me da la gana. No sabremos qué opinión le merecen en concreto las órdenes que va a recibir. No es importante para esta historia. Pero sí sabremos que esa tarde también notó que algo extraño estaba sucediendo. Lo notó él y, aparentemente al menos, aunque no hablaron sobre ello, también sus compañeros. Mascaban chicles y, salvo alguna frase suelta, normalmente monosílabos, guardaban silencio y observaban con los músculos en tensión. Protegidos por las camionetas, formados en escuadra con sus escudos, esperaban la orden de cargar.
En cambio, el vecino del ático no intuyó nada. A esa hora saboreaba un agradable café mientras leía el periódico preocupado por el Mundial de fútbol. Y es que es bien sabido que aunque la procesión pase por delante de tu puerta no a todos afecta por igual.

martes, 8 de abril de 2014

Que no se diga, abuelete.



Ilustración Iván Solbes
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Subimos al castillo a media tarde. En cuanto llegué me senté a la sombra del muro. Alicia se quedó de pie. Vamos a verlo. No te rindas, abuelete. Me cogió de la mano y tiró hacia ella intentando levantarme.
—No. Yo me quedo. Ve tú si quieres.
Ascendió por la rampa que discurría en paralelo al muro. Cuando llegó donde debía estar la puerta se detuvo. Me hizo un gesto de despedida con la mano y desapareció. Yo me quedé sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la pared. Subir la montaña hasta las ruinas me había agotado. Evidentemente mi capacidad física empezaba a ser patética. Y Alicia, una hora antes, mientras mirábamos la montaña desde el aparcamiento, ¿vamos, cariño? ¿Adónde? Al castillo. ¿Allá arriba? ¿Estás borracha? Venga, abuelete, que no se diga. Anda, mi amor, hazlo por mi. Pero, mujer, si son unas putas ruinas. Corrió montaña a través. ¡Abuelete! Y yo, apoyado en la pared del castillo, con el alma en la boca, ¿qué no se diga? Joder. Una piedra cayó apenas a un metro de mis pies.
—¡Eh! —exclamé—. Cuidado que me vas a romper la cabeza.
—Venga, cariño. Tienes que ver esto. Es precioso.
Me incorporé con algún esfuerzo.
—Voy para allá. Pero como no me guste. Ay, la que se va a liar como no me guste.
Una risa de veinticinco años saludó mi amenaza desde el otro lado del muro. Ascendí la rampa arrastrando los pies. Cuando me di cuenta de que mi costado derecho quedaba al descubierto comprendí por qué la rampa de acceso la habían construido a la derecha de la puerta vista de frente. El asaltante se cubría con el escudo a la izquierda, luego era más fácil repeler un ataque desde ese lado. A eso se sumaba que al estar el acceso al final de una cuesta la avalancha ofensiva era más lenta. Por último aprecié que el hecho de que la puerta quedara en ángulo recto con el camino hacía inviable la utilización del ariete. Curiosidades de la ingeniería militar desde el origen de las guerras hasta la aparición de la pólvora.
Cuando atravesé la puerta me encontré con un patio y una torre del homenaje en ruinas. Alicia se escondió entre bloques de piedras y restos de muros rodeados y cubiertos por vegetación.
—No te escondas. Que te he visto.
Pero no la perseguí. En vez de eso me adentré en el patio y miré a mi alrededor. De repente una cabeza se asomó por el ventanal de la torre.
—¿Le gusta todo esto?
—Claro que me gusta.
—Pues si le gusta ahora, en otro tiempo le habría impresionado. Esta era la última frontera. Reyes y reinas han dormido a cubierto entre estos muros.
—¿Quién es usted?
—Yo soy el marqués de Cuernacabra y señor de este castillo.
—Es un honor. Debió ser un castillo magnífico.
—Esa es la palabra, sí, señor. Magnífico. Cincuenta hombres de armas. Trescientos siervos y quinientos más liberados. Ferias de ganado, ferias de mercado. Fiestas que competían con las de la ciudad en grandiosidad. Sí, era un castillo magnífico.
—¿Y qué ocurrió para que acabara así?
—Nada.
—¿Nada?
—En efecto. Nada. Me morí. Y mi hija lo hizo antes que yo. Y mi hermano nunca se casó. Sé que estaba enamorado de mi mujer. Y ella de él, todo sea dicho. Así que no tuvo hijos. Eso pasó. Nada.
Alicia asomó la cabeza de entre las ramas del latonero.
—¿Cariño, con quién estás hablando?
—¿Quién yo? No me creerías. Luego te lo cuento —y dirigiéndome al señor del castillo–. ¿Y cómo murió? ¿Algún combate?
—Cariño, me estás asustando —interrumpió Alicia.
Le hice señas al marqués de que continuara.
—No, que va —se rió—. Unas fiebres. Bueno, en realidad fue un dolor de muelas y luego unas fiebres.
—Vaya. Ya veo. Una infección que degeneró...
—Cariño, me estás poniendo muy nerviosa —Alicia me interrumpió de nuevo—. Ya está bien. Venga, el juego ha terminado. Es muy divertido, pero ya vale. Deja de hablar solo.
—No te preocupes, mi amor. Estoy hablando con el dueño del castillo —la miré. Quería transmitirle con aquella mirada toda la emoción que sentía por aquel encuentro.
Pero en vez de emocionarse, Alicia gritó y salió corriendo despavorida. Se detuvo en la brecha de la muralla y me miró. Después desapareció sin dejar de gritar. Me asomé a la muralla y la vi descender por la montaña hacia el coche.
—Vaya, se ha asustado —me encogí de hombros.
—Sí. Es una lástima, porque les iba a invitar a un baile que queríamos hacer esta noche.
—¿Van a hacer una fiesta esta noche aquí?
El señor lo confirmó con un gesto de la cabeza.
—Así podrían conocer a mi hija y a mi señora.
—Imagino que entenderán que no asistamos.
—Sí. Es una lástima.
—Salude a vuestra familia de mi parte. Con vuestro permiso, voy a buscar a mi novia.
—¿Vuestra novia? Pensé que era vuestra hija.
—Sí. A veces yo también lo pienso. Descansad en paz.
Me despedí y descendí la pendiente de la montaña con tranquilidad. Alicia me esperaba muy asustada al lado del coche. Cuando llegué me amenazó con un palo. No me costó mucho convencerla de que no me había vuelto loco. Pero lo que no conseguí fue convencerla para asistir al baile de esa noche. Poco después nos casamos y ya nunca dejó de llamarme abuelete ni dejó de provocarme. Pero eso sí, jamás, jamás volvió a intentar asustarme.


jueves, 3 de abril de 2014

Bendígame, ilustrísima


—No sé si podremos aguantar más, señor.
—¿Cuál es el problema?
—Las provisiones. Nuestros hombres están muy débiles. Algunos apenas se sostienen en pie.
—Comprendo.
El silencio se paseó por la sala del Consejo. Más allá de los muros del castillo, entre éstos y las murallas exteriores, y pese a ser casi mediodía, la ciudad también permanecía en silencio, como contagiada del pesimismo del consejero militar.
—¿Y si intentamos una salida? —se aventuró un miembro del Consejo.
—Sería un grave error. Las dos últimas fueron un fracaso.
—¿Y qué se sabe de los minadores? —se enderezó sobre su silla otro consejero.
—Nada. Pero estamos seguros de que están avanzando con sus túneles. Por el tipo de terreno y por los meses que hace que están excavando, imaginamos que deben estar apunto de encontrar los cimientos de las murallas, si no lo han hecho ya. Una vez que hayan llegado será cuestión de pocos días que las agrieten y derrumben con el fuego.
El señor levantó la mano dando por terminada la intervención.
—Gracias, general —miró al resto del Consejo.
—Con su permiso, señor —levantó una mano el consejero que habló de hacer una salida—, tal vez deberíamos intentar llegar a un acuerdo. Quizás aún estemos a tiempo.
Y el obispo afirmó con la cabeza.
—Hijo mío, en situaciones tan dramáticas como ésta, el señor, en su sabiduría, sabrá perdonar aquello que haya que hacer por doloroso que sea.
Otro consejero, más asustado, intervino también.
—Podríamos entregarles como esclavos a tantos campesinos como nos pidan y pactar una rendición económica. Así, al menos, salvaríamos la vida —numerosos consejeros parecieron aprobar la medida—. Pero hay que hacerlo ya, señor. Mientras aún estemos a tiempo.
El señor guardó silencio durante un instante.
—Bien, dejadme. Os volveré a llamar.
Con la mano hizo una señal para que todos abandonaran la sala. Los consejeros se levantaron en silencio y lentamente desparecieron tras la puerta.
Permaneció el señor en silencio en la sala. Por fin, se incorporó de su silla y se retiró por la puerta semioculta tras el tapiz que le llevaba directamente a sus aposentos. Entró en la sala de la señora y se dejó caer pesadamente en la cama. Ella, en cuanto le vio entrar se levantó de la silla donde cosía con sus damas y su hija.
—Señoras, hija mía, por favor.
La niña y las damas inclinaron sus cabezas en señal de respeto y abandonaron la habitación. A continuación se recostó en la cama junto a él y esperó. El hombre permaneció en silencio con la cara escondida entre las sábanas.
—Estamos perdidos —dijo la fin.
—¿Tan grave es? Hace meses que resistimos.
Él respiró unos instantes. Se giró y la miró negando con la cabeza.
—No hay salida —ella pasó su mano por la blanca melena del hombre que yacía a su lado. En otros tiempos se le conoció más allá del valle como un seguro valedor y guerrero. Ahora sólo era un viejo asustado —. Estoy convencido de que si se lo propusieran la mitad de mi ejército me traicionaría.
—Bueno —sonrió ella—, eso todavía no ha ocurrido. Contadme cuál es la situación.
—¿La situación? Cualquier día caerán las murallas y todo habrá acabado. Tenemos un ejército de cuatrocientos soldados mal alimentados que protegen a una ciudad de cuatro mil personas. Cuando caigan las murallas entrarán como lobos —extendió la mano y acarició la cara de su mujer—. Temo por vosotras, señora —ella volvió a sonreír—. Quizás pueda intentar rendir la ciudad a cambio de garantizar vuestra seguridad.
—¿Haríais eso por nosotras?
—Claro, haría cualquier cosa. Pero ni siquiera es seguro que pudiera conseguirlo.
—¿Y qué sería de los demás?
—Me temo que todos estamos condenados. A los que no maten los venderán como esclavos.
—¿Y qué ocurrirá contigo, mi señor?
Se rió.
—Si pudieran yo sería el primero con el que acabarían.
La señora levantó la vista y observó la pequeña porción de cielo que se veía más allá del ventanal. Luego acarició de nuevo la melena del viejo león y tomando entre sus manos la daga que pendía de su cinturón, sonrió disfrazando una lágrima.
—Hay otras opciones, mi señor.

De nuevo fueron llamados los consejeros y el obispo a reunión. Cada uno de ellos ocupó su espacio acostumbrado y esperó. El silencio del hambre se extendía por la ciudad como un pesado gas. Poco después apareció el señor con paso abatido.
—He estado pensando en lo que me habéis dicho —le costó hablar—. Y creo que sí, que puede que aún haya una posibilidad. Aún tenemos una posibilidad —se sentó. Todos permanecieron en silencio—. Pero exige un gran sacrificio de todos. ¿Estáis dispuestos a lo que sea para salvar el castillo?
Los miembros del consejo se miraron.
—Siempre, señor —exclamó el jefe militar levantándose.
Los demás miembros del consejo se sumaron a continuación, aunque con menor seguridad
—Ilustrísima, necesito su absolución por lo que vamos a hacer.
Y el obispo, elevó la mano derecha y dibujó la señal de la cruz. Ego te absolvo in nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. Amen.
—Consejero general —se levantó de la silla, se ciñó la espada a la cintura y le señaló con el dedo—, reúne las tropas en el patio. Debo hablarles.
No se tardó en reunir a todos los soldados que no se encargaban de cuidar las murallas más de lo que se tarda en recoger el grano de un campo pequeño. Formaron lentamente en brigadas en cuadros de veinte soldados con un capitán por delante de cada uno de ellos.
—Soldados —alzó la voz—, necesitamos hacer un gran esfuerzo. Un esfuerzo doloroso que salvará nuestras vidas y asegurará la supervivencia del valle —los soldados le escuchaban en silencio. Estaban cansados y su moral parecía tan próxima a derrumbarse como las murallas.— Desde este momento, todos los niños varones mayores de diez años pasan a ser soldados. Que avancen los capitanes —ordenó. Avanzaron éstos hasta quedar lo suficientemente cerca y esperaron. Un rumor se elevó entre los soldados—. Capitanes —puso la mano sobre el pomo de la espada—, detengan a todos los miembros del consejo y al obispo. Deténganlos a todos menos a su general —dudaron unos instantes—. Deténganlos —insistió. En seguida desenfundaron las espadas y apresaron a los que se había indicado.
—¿Qué es esto, mi señor? —preguntó el consejero que había planteado la rendición.
—Esto, consejeros, es vuestro sacrificio.
—Traición —intentaron protestar—. Soldados, esto es una traición.
—Bendígame, ilustrísima —elevó su voz por encima del griterío dirigiéndose al obispo que era empujado por varios capitanes—. Bendígame por lo que vamos a hacer. Soldados —habló entonces al resto de la tropa que permanecía en formación—, llevadlos a la puerta de la muralla. Y con ellos a todos los varones que no sean soldados. Todos serán entregados al enemigo. Las mujeres mayores de veinticinco años también serán entregadas —el rumor entre la tropa se elevó y pareció que surgían dudas y resistencias entre los propios soldados—. Liberémonos de nuestras ataduras en esta hora de horror. Ya no tenemos hijos, ni esposas, ni padres, ni hermanos. Nos tenemos solo a nosotros mismos y a nuestros hermanos de armas. Aquellos de vosotros que no seáis capaces de cumplir las órdenes deberéis arrojar las armas al suelo ahora y se os perdonará la vida. Aquellos que se resistan serán tratados como enemigos —un soldado cayó al suelo herido por las armas de sus camaradas—. Las raciones de todos serán confiscadas. Además, la ciudad deberá ser devastada. Cuando caigan las murallas, que caerán, no encontrarán cobijo ni las ratas. Todas las mujeres que queden y todos los soldados os alojaréis desde ahora mismo en el castillo. Cumplid lo ordenado —se retiró al interior del castillo sin observar las primeras muertes que sus órdenes empezaban a causar.
Más tarde, desde el ajimez del Consejo el señor y el consejero militar observaban como eran expulsados fuera de la ciudad todos los condenados. De nada servían los gritos desesperados y las súplicas. Prietas y cerradas como un único cuerpo las filas de soldados avanzaban lentamente con escudos y lanzas. Los cuerpos que quedaban atrás nunca se levantarían. Mientras tanto por la ciudad aparecían y se elevaban las primeras columnas de humo negro.
—¿Señor —preguntó el general con un estremecimiento—, servirá de algo este horror? —el señor miraba hacia el exterior, hacia los cuerpos que iban quedando esparcidos por las calles.
—No lo sé —miró entonces al consejero. Vio en su mirada un rictus de desprecio—. Pero sí sé que si quieren tomar el castillo tendrán que volver a empezar. Llevan diez meses acampados frente a nuestras puertas. ¿Podrán estar otros diez meses así? ¿Soportarán otro invierno a la intemperie? Ya veremos. Nosotros ahora tenemos comida y estamos protegidos.
El general no contestó. Se asomó un poco más al ventanal y vio como a los pies del muro un grupo de mujeres y niñas eran empujadas por los soldados hacia el interior del castillo. Algunas lloraban y suplicaban para que las dejaran ir con sus familiares que en ese mismo instante eran expulsados más allá de la puerta de las murallas. Algunos se aferran al destino de los suyos aunque eso implique su propia perdición.
—¿General, a cuántos soldados ha habido que reducir?
No contestó. En vez de hacerlo, preguntó el general sin dejar de mirar la escena de lucha que se desarrollaba a sus pies:
—¿Por qué ha salvado a las mujeres, señor?
—¿Han sido muy numerosos los casos de resistencia?
—¿Por qué a las mujeres y no a los niños? —insistió de nuevo elevando la voz.
—¿Con cuántas fuerzas contamos?
—Maldita sea, ¿por qué no ha salvado también a los niños? —gritó el consejero cogiendo al señor por el cuello y empujándolo contra las jambas del ventanal.
—No necesitamos niños, necesitamos soldados —de un manotazo apartó las manos del general y lo alejó de él.
—Yo tenía un hijo —arremetió de nuevo contra el señor cogiéndolo por el cuello y arrastrándolo por el muro. Un momento después vio que tenía un cuchillo a la altura del pecho y se detuvo. Le soltó y desentendiéndose de él volvió hacia el ventanal—. Maldito.
—Bien —gritó—. Lo he ordenado porque yo tengo una hija. ¿Eso es lo que quereis oír, general? —repitió lentamente bajando la voz mientras guardaba la daga. Después se apoyó de nuevo en el muro—. Pues puede que sí, puede que sea por eso. Puede que sea porque yo tengo una hija. Pero sobre todo es porque cuando todo esto termine tendremos que repoblar el valle.
—Dios mío. Es una barbaridad —el consejero puso la cabeza en la fría pared de las jambas del ventanal.
—¿Sí? —el señor se dio la vuelta y se sentó en su silla en el Consejo— ¿Eso pensáis de verdad, general? ¿Creéis que su destino sería mejor si el castillo cayera?
—No lo sé. Pero sé que el destino de mi hijo hoy no puede ser peor.
—¿Y mejor? ¿Decidme, sería mejor si cayera la ciudad?
—Bien sabéis que no —gritó antes de asomarse de nuevo a la ciudad. A sus pies las columnas de humo ocultaban ya el cielo y las llamas se asomaban por encima de los tejados allí donde éstos aún no se habían derrumbado—. Pero nos habéis pedido un sacrificio monstruoso.
—Lo sé. Pero no os preocupéis. No espero sobrevivir. Yo también he pagado un alto precio. Y pagaré el que se me exija.
—¿Sí? —el general se giró hacia el interior para mirar al señor. Era su cara una mueca de desprecio— ¿Cuál ha sido el precio que habéis tenido que pagar? Vuestra familia sigue viva. ¿Qué más podíais pedir en estas circunstancias? ¿Dónde está la señora? —gritó de nuevo—. ¡Quiero verla!
El señor puso la mano en la daga de su cinturón.
—Ella fijó la edad en veinticinco años.
El Consejero sonrió.
—Comprendo.
—No. No comprendeis, general. No comprendeis nada. La señora cumplió veintiséis hace unos días.

LA CÁMARA


Antonio, quédate esta tarde con Don Miguel y haces lo que él te pida. Que no se quede solo. ¿De acuerdo, hijo? Nosotros vendremos en cuanto podamos. Y yo, claro, papá. Y no se quedó solo. Bueno, sí, un momento. Don Miguel, que nunca había estado interesado en hacer fotos, me dijo, ¿tú tienes cámara? Y yo, sí. Es de mi padre. Déjamela ver. Y yo, ahora mismo la traigo. Salí corriendo a buscarla a mi casa y en menos de un segundo ya estaba de vuelta con la cámara en mis manos. Es de mi padre. Y él, ya lo sé, hijo, ya lo sé. Déjamela. Mi Mati siempre decía que quería hacer fotos, y yo siempre le decía lo mismo, que mejor se fijara bien y que la memoria decidiera. Que donde hay ojos y cabeza no se precisa de nada más. Un artista puede que sea capaz de captar lo que los ojos no ven, de detener el instante. No digo que no; pero yo no. Apenas puedo ver lo que hay. En fin, hijo, que nunca tuvimos cámara. Pero ahora tengo que hacerlo. Tengo que aprender. Y además, hoy no voy a ir.
Se incorporó en la silla. Hoy estoy cansado. A ver, ¿cómo funciona este trasto? Me senté en la silla de enfrente y traté de explicarle el funcionamiento de la cámara. Pero aún estaba a la mitad de la explicación cuando observé que Don Miguel tenía la mirada perdida más allá de la habitación. Espera, espera, hijo, es demasiado complicado para mí. Y yo, no sé, Don Miguel, sonreí, hay otras más sencillas. Y él, ésas son las que quiero. Si un día puedes me traes una de ésas. Una en la que sólo haya que mirar y apretar. Y sacó del bolsillo un billete de veinte euros. Y yo, claro, Don Miguel, pero puede que sea más cara. Joder, exclamó. Pues no hay cámara. Dame los veinte euros. Se los devolví y los guardó en el bolsillo de nuevo. Se recostó sobre el respaldo y siguió mirando la sombra que formaba la ventana en el suelo de la habitación. Allí donde dormía una silla vacía. Sí. Hoy no voy a ir a la reunión. Y hurgó con sus nervudas manos en los bolsillos de la camisa buscando un pitillo. Estoy harto de esas reuniones que más parecen charlas de asilo que de otra cosa. Sus ojos cambiaron de posición. Ahora miraba el diploma del título de bachiller elemental colgado en la pared. Respiró con suavidad mientras buscaba el mechero en otro bolsillo. Prendió el cigarrillo y de nuevo se recostó sobre el respaldo de la silla. Y tú, me preguntó, ¿no tienes nada que hacer? Yo me encogí de hombros. Bien, Antoñito, bien. Pero que sepas que si tienes que hacer algo, hay que hacerlo. Y yo, claro. Y él, que no quiero que te quedes aquí por mí, que yo estoy bien. Miró el cigarrillo humeante. Asentí con la cabeza. De nuevo sus ojos se dirigieron hacia el diploma de la pared, y, atravesándolo, volaron por encima de la colonia de pisos y más pisos que formaban el barrio, y corrieron veloces hasta dejar atrás, muy atrás, el espacio que nos rodeaba. Parecía sonreír.

Miguel, te quiero. Te quiero, Miguel. Dijo Matilde mientras se abrazaba a su cuello. Y Miguel, sentado en el ribazo, la dejó hacer mientras observaba a lo lejos el discurrir de las nubes sobre el llano. Mañana lloverá, pensó. La camisa blanca por fuera del pantalón y alguna brizna de paja en el pelo revuelto. Sonrió y arrancó del suelo un puñado de hierba. Repasó los brotes y eligió el más tierno para llevárselo a los dientes. El resto lo lanzó al aire y se fue volando con la brisa recién levantada. ¿Y por qué me quieres? Y, Matilde, sonriendo, ay, Miguel, qué cosas preguntas. Se incorporó, deshaciendo el abrazo. No sé, te quiero. Supongo que es porque eres fuerte. Y recogiéndose el largo pelo negro en un moño con sorprendente habilidad. Te quiero porque nunca te he visto rendido. No sé. Porque eres orgulloso. Supongo que te quiero por todo eso. Y bajando la cabeza con una sonrisa tímida, bueno, por eso y por lo demás. Ahora se alisaba la falda y sacudía las manchas de polvo con las manos. Miguel la miró un momento con la hierba en la comisura de los labios. Yo también te quiero.

¿Cuántos años tienes, Antoñito? Y yo, diez. Pronto te enamorarás. Y yo, en silencio, me avergoncé. ¿Sabes? Cuando yo era niño, más o menos como tú, también me enamoré. No recuerdo la fecha, pero recuerdo el día y el año. Era el jueves santo de mil novecientos cuarenta o cuarenta y uno, no sé. Y ella se llamaba Felisa. Mi Felisita. Estaba detrás de mí en la procesión. Ya ves qué tontería. Todos los niños delante formando una línea, cogidos a una cuerda que cruzaba la calle de acera a acera. Y detrás todas las niñas. Y tras ellas el joputa del cura, como un centurión romano abriendo el paso al Cristo crucificado. Y mi Felisa detrás de mí, que me sonreía. Y yo que no podía mirar al frente. Y el joputa del cura que me observaba como si fuera un criminal. Pero la sonrisa de Felisa iluminaba más que todas las velas del mundo. Y, claro, sonrió, cuando terminó la procesión, el bofetón y el tirón de orejas, que el muy cabrón del cura casi me la arranca. O eso sentí. Y lo peor no fue eso. Lo peor fue no poder controlar las lágrimas delante de mi Felisita. La vergüenza. Porque los hombres se hacían hombres porque dejaban de llorar. Porque los hombres no lloran. Y luego, Don Miguel se enderezó para tirar la ceniza, ya ves, la mierda. Felisa desapareció. Se fue para siempre. Le miré con extrañeza. Sí, Antoñito, se fue con sus padres a vivir a Barcelona. Fueron los primeros. Pronto todos los hombres se fueron a vivir a las ciudades. Y yo, ¿por qué? Se encogió de hombros. Porque éramos pobres y allí había trabajo. Esa fue la última vez que lloré. La vi subirse al coche del correo, me sonrió entre lágrimas, y desapareció más allá de la cuesta del Calvario. Y de nuevo Don Miguel parecía mirar la habitación. De nuevo estaba allí conmigo. No te olvides, Antoñito, hijo, consígueme una cámara de fotos. Y yo, sorprendido, pero si no tengo dinero. Y él, claro, es verdad. Bien, olvídalo, sentenció, apagando el cigarrillo. Maldito dinero. ¿Don Miguel, me atreví a preguntar, por qué no va a ir a la reunión? Me miró sorprendido. Pues porque allí no hago nada. El partido ahora no sirve para nada. Y yo, pero mi padre dice que le hace mucho bien ir a sus reuniones, que allí al menos está con gente. Pero, protestó, yo no quiero estar con gente. Y dile a tu padre que se meta en sus asuntos. Yo lo miraba en silencio. No, rectificó, mejor no le digas nada. Pero para estar con gente están los asilos. Al partido se va a hacer política y punto. Entonces me encogí de hombros de nuevo. Y él, sonriendo, mira, Antoñito, a ver si te lo explico. ¿Tú eres comunista?

¿Eres comunista, Miguel? ¿Yo? No sé. Don Anselmo sonreía desde el caballo. Sí, seguro que eres comunista. Sigue trabajando, chaval. Sí. Eres igual que tu padre. Todos sois unos malditos resentidos. ¿Verdad que sí? No lo sé, Don Anselmo. Y Don Anselmo desde el caballo, a veces pienso que tu padre tuvo suerte, que si aquella mula no hubiese acabado con él yo mismo le habría matado. ¿Qué piensas tú, chaval? Miguel se detuvo. Se enderezó sobre sus catorce años y le miró. No lo sé, pero a lo mejor la suerte la tuvo usted. Don Anselmo soltó una carcajada. Bien dicho, chaval. Así se responde. Con dos cojones. Pero no te pares, coño, que no te pago por hablar. Esta tarde me terminas esta hilera y la siguiente y te puedes ir a casa. Y aún seguía riendo mientras se alejaba al paso entre las viñas.

¿Tú eres comunista, Antoñito? Y yo, no sé. Sí. Si eres obrero, hijo de obreros, o eres comunista o eres idiota. Y tú no eres idiota, ¿verdad que no? Y yo, riendo, no, claro. Y él, claro que no. Pues entonces serás comunista. La diferencia está en si serás un buen comunista o no. Ahora sólo están los malos. ¿Entiendes? Y yo, pues no. Y él, buscando de nuevo un pitillo, que sí, hombre. Los buenos comunistas son aquéllos que saben que hay que pelear por aquello en lo que se cree, y los malos son los que piensan que hay que hacer lo que los demás quieren que se haga. ¿Comprendes? Y yo, riendo, pues no. Y él, encendiendo el cigarrillo, Antoñito, hijo, ya no estoy seguro de que vayas a ser comunista. Vamos a ver, ¿tú sabes quién era Stalin?

¿Qué, Miguel? Hoy estarás de luto. Y Miguel, sentado junto a la fuente, con el jamón y la navaja en la mano. ¿Por qué? Y Don Anselmo, riendo mientras se sentaba. Coño, porque hoy ha muerto Stalin. ¿Quién? Y Don Anselmo, anda que menudo comunista de mierda estás hecho. Coño, pues que por fin ha llegado el día. Ya le tocaba la hora a ese cabrón. Miguel le miraba sin entender. Hombre, no me mires así. Stalin era vuestro jefe. El mayor hijo de puta que ha habido sobre la tierra. Miguel afirmó con la cabeza. Vaya, vaya, así que no sabes quién era Stalin. Y Miguel, mientras acercaba la boca al chorro de agua que manaba de la roca, no, Don Anselmo, bebió y se secó la boca con la manga, ahora sí lo sé. Don Anselmo le miró en silencio y asintió con la cabeza.

¿Tu sabes quién era Stalin? Y yo, no. Y él, claro, eres demasiado niño. Bueno, te cuento. Stalin era el jefe, el mejor comunista que ha existido después de Lenin. Y claro, ¿tampoco sabes quién era Lenin, verdad? Asentí. Bueno, mira, vamos a dejarlo. Algún día lo aprenderás. Sólo debes saber que faltan los buenos comunistas. Y ya está. Punto. Tu ahora no pienses en ello, pero no lo olvides. Asentí sonriendo. Buen chico, dijo, pasándome la mano por la cabeza. Y ahora dime, ¿a qué hora ponen el partido en la tele? Y yo, hoy no hay fútbol, Don Miguel, que hoy es martes. Y él, seguro que lo hay. Uno de esos internacionales. Seguro que es a las nueve y media. Y mirando su reloj, bien, faltan dos horas. La luz se filtraba mortecina por la ventana, pero aún no se habían encendido las farolas de la calle. Antoñito, enciéndeme la estufa que empieza a refrescar. Así, muy bien. Ahora Don Miguel de nuevo sonreía a la silla vacía del rincón. ¿Sabes que Mati nunca soportó que me gustara el fútbol? Y sonriendo, mi pobre Matilde. Mi pobre Mati.

Pues claro que quiero a mi Matilde, coño, ninguna de vosotras le llega a la punta del zapato. Pero también me gusta estar con vosotras. No es tan raro, creo yo, ¿no? Y Rosarillo pellizcándole la oreja, eres un golfo, Miguelón. Y Miguel, no te pases, Rosarillo, que te voy a dar. Rosarillo sonrió y se bajó las bragas desvergonzada, insinuando el deseo. A continuación se giró y le mostró el culo. Y Miguel, repitiendo, que te voy a dar. Entonces empezó a correr por el pasillo del burdel riendo y dando gritos con Miguel detrás hasta la habitación. La cerraron de un portazo. Mientras tanto, en su cocina, Matilde terminaba de pelar las patatas para el caldero.

Oye, Antoñito, dio una profunda calada al cigarrillo, tú deberías estar jugando por ahí o estudiando. No haciendo compañía a un viejo. Y de nuevo pareció irse lejos. Sumirse en un vago sueño con los ojos abiertos, mientras el cigarrillo moría poco a poco olvidado entre sus dedos. Sus ojos miraban ahora el hilo rojo de la estufa. ¿Sabes, Antoñito? Cuando era más joven Matilde me obligó a estudiar.

¿Qué pasa Miguel, sigues resentido conmigo? Miguel guardó silencio un momento. No. Con usted no, Don Anselmo. Vaya. Eso está bien. Yo tampoco lo estoy contigo. Pero has venido a verme morir, a asegurarte de que muero, ¿eh? Miguel le miró a los ojos. Usted también habría venido a verme a mi. Luego guardó silencio. Eso también es verdad. A Don Anselmo se le cortaba el habla. Bueno, pues ya está bien. Ya ves, me muero. Ya te puedes ir. Miguel le miró un instante y a continuación se giró hacia la puerta de la habitación. Espera, le llamó Don Anselmo, una cosa más. Te voy a dar un consejo, Miguel, deberías estudiar. Tú no eres tonto y puedes salir de aquí si lo intentas de veras. Y ahora vete de una maldita vez. Miguel le observó por última vez y asintió con la cabeza. A continuación se estrecharon la mano por primera vez y salió de la habitación. Luego, de vuelta a casa, se lo contó a Matilde. Ella le miró con sorpresa. Dos días después le dio un papel para estudiar a distancia. Sácame de aquí, Miguel. No quiero más miserias. Quiero salir de aquí. Quiero vivir. En el fuego del hogar hervía lentamente un cocido de verduras.

Tienes que estudiar mucho, Antoñito. Mira, señaló de nuevo el título de bachiller elemental que colgaba de la pared. Gracias a Matilde pude aprobarlo todo. Incluso religión. Y eso que me examinó el joputa del cura. Y yo, orgulloso, yo también estudio religión. Y él, pues estúdiala. Estúdiala bien. Es muy importante. Le miraba pero no entendía. Siempre me había parecido una tontería de asignatura. Pero él seguía dándole importancia. Mira, siempre nos han dicho que Dios nos hizo a su imagen y semejanza. Y yo asentí. Bueno, pues se olvidó de un pequeño detalle. Se olvidó de hacernos inmortales. Y yo, sin entender. ¿Comprendes, Antoñito? Debemos morir. Y yo, claro. Todos morimos. Y él, sí, pero ¿por qué? Y yo, no sé. Y él, pensativo, yo tampoco. Y calló. Y en el silencio se oyó el vacío de Doña Matilde. De repente, Don Miguel se revolvió. Antoñito, dijo, debes enseñarme a hacer fotografías.

Miguel, quiero ver el mundo. Quiero verlo todo.

Antoñito, tienes que enseñarme. Quiero hacer fotos de todo. De todo. De todo lo que vale la pena ver. Debo hacerlo. Tienes que enseñarme.

Miguel, mi amor, quiero vivir. Quiero viajar.

Y yo, claro, Don Miguel. Mire.

Hazlo por mí, Miguel. Estudia. Sácame de aquí.

Enséñame, Antoñito. Enséñame a hacer fotografías. Y yo, que sí, Don Miguel.

Hazlo por mi. Hazlo por Dios, Miguel. Y Miguel, no metas a ése en mi casa. Pues hazlo por tu padre o por quien quieras, pero hazlo. Estudia y vámonos de este pueblo miserable.

Y lo hice, Antoñito, lo hice. Pero se quedaron muchas cosas por hacer. Por eso debes enseñarme. Y de nuevo cogí la cámara de la mesa. Éste es el objetivo, empecé a explicarle. Y por este otro sitio es por donde se mira. Luego sólo hay que enfocar hasta que vemos bien la imagen. Después miramos la luz y la velocidad y se dispara y ya está. Don Miguel me miraba en silencio. No, Antoñito, eso es muy complicado. Yo quiero una cámara de ésas en las que sólo hay que mirar y disparar. Tengo una deuda que pagar. Y yo, divertido, pero, Don Miguel, no tengo dinero. Y él, joder, es verdad. Soy un viejo tonto. Se me va la cabeza. Olvídalo. Y guardó silencio. Y yo, no se preocupe, Don Miguel, cuando tenga dinero se la compraré y si quiere, mientras tanto, yo hago las fotos por usted. Don Miguel me miró sorprendido. No quiero tu dinero. No te pases, chaval. Y yo, avergonzado, perdón. Y él, sonriendo, no seas tonto. Muchas gracias, pero no. Ya veremos. Y ahora, por favor, enciende la televisión, a ver si vemos ese partido. Y yo lo hice aunque sabía que ese día no había partido y también que a Don Miguel no le importaba.

miércoles, 12 de marzo de 2014

El cazador

Soy cazador. Apenas tengo fuerza para levantar la mitad de mi peso, pero soy cazador. Soy cazador y soy valiente. He demostrado mi valor en combates en los que cualquier otro hombre se habría rendido. Las marcas de mi cuerpo y de mi cara son una buena prueba para que el que quiera leerlas. Y también soy resistente.

El sol del llano le susurraba al oído cálidas frases de desánimo y rendición. Le perseguía por los caminos recordándole el frescor de una fuente o una sombra, tentándole con los frutos de los pequeños arbustos que crecen cerca de la senda. Y si al principio fueron susurros, según avanzaba y el polvo se acumulaba en los pies y en sus pulmones, se tornaron gritos y órdenes. Cada gota de sudor era un nuevo aviso, un nuevo golpe de un Dios luminoso cada vez más grande e irritado.
El perro, el compañero, aguanta mirando al suelo, poniendo el corazón en esa lengua que pende como un cordón seco hacia tierra. Si tú aguantas, yo sigo, parece decir levantando el hocico, sin abandonar su cansino caminar.
—Bien, hermano, bien.
Y las huellas estaban ahí. Manchas rojas sobre la arena. Les llevaba ventaja, pero el marrón de las manchas era, paso a paso, más fresco, más reciente, más rojo. Y en ese momento pensó en Dios. Pero el Dios que vio encima de su cabeza era, como él, un ser implacable y sanguinario. Y supo entonces que aquel Dios también era, a su manera, un cazador. Todo se escondía ante él, temiendo despertar su cólera. Parecía que hasta la misma tierra había dejado de respirar. Sólo él permanecía erguido ante su presencia, mirándole a la cara. Incluso su sombra se fue retirando hasta esconderse al fin bajo los pies.
Yo soy cazador y soy valiente, y ni el mismo Dios, con todo su poder, puede hacer que deje de ser lo que soy. Dios está alto y junto a él, volando en círculos, los ángeles negros de la muerte le acompañan. Sonrió. Sí, hoy vosotros también comeréis. Las aves son los únicos animales que no le interesan. Poca carne y mucho esfuerzo.
—Ésos son para ti, hermano halcón.
El sol golpeaba su cabeza como un herrero el metal, aprisionándolo entre el martillo y el yunque, sin dejarle una sombra donde cobijarse o un maldito charco en el que saciar la sed. Pasó la mano por su frente. El polvo se quedaba pegado al sudor. Debía seguir. Sabía que la fiera estaría descansando bajo alguna sombra, lamiéndose la herida. Sabía que debía avanzar, ganar terreno. Acarició el lomo de su compañero. No le miró. No había tregua.
Si yo estoy cansado, si tú estás cansado, ella también lo está y nos tiene miedo. Y está herida, no lo olvides, hermano, la fiera está herida y por lo tanto débil.
Arrojó una piedra fuera del camino y prosiguieron la marcha. La sangre cada vez era más fresca, aunque, también, cada vez había más distancia entre mancha y mancha. La herida se estaba cerrando. Había que darse prisa. Pero llevaba varias horas respirando un aire caliente que no llenaba los pulmones. Sentía la boca seca y pastosa. La lengua y el paladar le recordaban las hojas de las zarzas del camino, rugosas y llenas de polvo. Hacía demasiado tiempo que arrastraba el cansancio por el suelo como una sombra larga y pesada. Pero no prestó atención. No debía hacerlo. El perro levantó el hocico y se tensó. Ya hemos llegado. Está aquí.
—Ya lo sé. Ya lo he visto.
De su cintura desató la honda y con la mano izquierda cogió un guijarro cortante. Señaló al perro el lugar donde debía situarse para guardar ese flanco al tiempo que se ponía el puñal en la boca para cogerlo inmediatamente después de lanzar la piedra y se acercó lentamente.
A cada paso el cansancio parece desaparecer y hasta la boca se humedece de ansiedad. En efecto, ahí está. Diez metros más allá, recostado bajo un arbusto, el animal se lame la herida del primer encuentro.
Debió oler al perro porque de un salto se enderezó gruñendo. Era hermoso. Lo suficientemente grande como para alimentarle durante un buen tiempo. Había que atacar y tenía que hacerlo ahora. Tensó la honda sobre su cabeza describiendo tres o cuatro círculos silbantes con furia al tiempo que el animal adivinaba su presencia y se enfrentaba, terrible, a su enemigo. Lanzó la piedra y acertó en su cabeza en el momento en que emprendía la carrera. El animal pareció tambalearse y retroceder. Entonces, cogiendo el puñal de entre sus dientes, avanzó a su vez saltando sobre él y hundiendo el hierro en su costado. Se revolvió el animal con furia arrojándole contra el arbusto y emprendió la huida, ciego de rabia y dolor, hacia donde estaba el perro. El cazador se enderezó como pudo. Quizás habían pasado unos segundos. La sangre manaba de su hombro izquierdo como de una grieta, pero aún seguía el puñal en la mano y una mancha roja cubría la mitad de su filo. Corrió hacia donde se estaría desarrollando la segunda parte del combate. Se extrañó al no oír ningún ruido y rezó por que la bestia no hubiese matado a su compañero, o tal vez, pero no creyó que fuera posible, por que se hubiese reventado antes de llegar a enfrentarse con él. Cuando llegó, el perro bebía agua en una charca. Los restos de sangre demostraban que había pasado a unos pocos metros de allí. De golpe llegó la calma y el silencio. Sintió entonces el dolor de la herida del hombro y la sed volvió a castigar su paladar. Más allá el llano ofrecía de nuevo refugio a su animal y le pareció que el sol, que tanto les había castigado, sonreía. Con paso lento se acercó al perro, que seguía bebiendo. Sabía que ya no podía hacer frente a aquel nuevo reto. Con la mano izquierda le acarició el lomo y le besó detrás de la oreja.
—¿Tenías sed, eh? Tenías mucha sed. Pues mi gente tiene hambre. ¿Qué harías tú, amigo?.
Allí mismo le mató. De una estocada introdujo el puñal entre sus vísceras. El animal se apartó asustado, pero le sujetó con la mano con que le acariciaba y volvió a clavarlo una y otra vez mientras el perro le mordía en el brazo agarrándose a la vida. Así estuvieron hasta que el animal dejó de moverse. Las sangres se mezclaron en el abrazo y corrieron salvajes hasta el suelo. La charca entera se tiñó de rojo como si fuera la representación misma del fuego y la ira de Dios. Entonces se durmió.
El sol ya estaba bajo cuando despertó. Lentamente se enderezó y contempló a su perro muerto. La cabeza y el hombro le dolían como si estuvieran a punto de reventar, mientras a sus pies yacía el cuerpo que debía alimentarle. Le observó unos instantes. La sangre reseca, convertida en una costra ennegrecida, rodeaba las heridas por las que las moscas se asomaban curiosas a aquellos tajos. Bebió un poco de agua y se limpió la sangre del hombro. Después de sacarle las tripas y las vísceras limpió el puñal y lo guardó en su cintura, junto a la honda. Por fin, cargó al animal sobre los hombros. Estaba herido y cansado y aquel cuerpo le pesaba mucho. Pero yo soy cazador y hoy mi gente estará contenta, pensó, mientras el sol le dirigía una última mirada antes de esconderse detrás de las colinas que cerraban su horizonte. Soy cazador y soy valiente.